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1-Implantación y desarrollo de la placenta,
Desarrollo del embrión,Cómo establecer la duración del embarazo,Detección del embarazo,Cuidados prenatales,...
Embarazo

El embarazo es todo el período en que la mujer tiene un feto en el cuerpo, desde la concepción hasta el parto.

Concepción

La concepción (fertilización) o comienzo del embarazo es el momento en que un óvulo es fecundado por un espermatozoide.

En el ciclo menstrual normal se libera un óvulo de uno de los ovarios alrededor del día 14 antes de la siguiente menstruación. La liberación del óvulo se denomina ovulación. El óvulo alcanza el extremo en forma de embudo de una de las trompas de Falopio, donde se puede producir la fecundación, y es transportado hasta el útero. Si no es fecundado, el óvulo degenera y se elimina a través del útero en el siguiente período menstrual. Si, por el contrario, un espermatozoide consigue penetrar en el óvulo y lo fecunda, éste comienza a convertirse en embrión mediante una serie de divisiones celulares.
Si se liberan y fecundan más de dos óvulos, se produce un embarazo múltiple (en general, de dos fetos) y en este caso se habla de mellizos. Los gemelos idénticos son el resultado de la separación de un óvulo ya fecundado, en dos células independientes la primera vez que se divide.
Durante la ovulación, la mucosidad cervical (el cérvix es la parte inferior del útero que se abre dentro de la vagina) se vuelve más fluida para permitir que el esperma

llegue al útero rápidamente. El espermatozoide emigra desde la vagina hasta el extremo en forma de embudo de la trompa de Falopio (el punto donde normalmente se produce la concepción) en 5 minutos. Las células que revisten por dentro la trompa de Falopio facilitan la fecundación y el subsiguiente desarrollo del óvulo fecundado (cigoto).

El cigoto se divide repetidamente mientras se desplaza por la trompa y alcanza el útero, donde llega en 3 a 5 días. Ya dentro del útero, se convierte en un blastocisto, un pelotón de células que rodea una cavidad central.
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Del óvulo al embrión
Una vez al mes, un óvulo se desprende del ovario y entra en un oviducto de la trompa de Falopio. Después del coito, el esperma se mueve desde la vagina a través del cuello uterino y el útero hasta la trompa de Falopio, donde un espermatozoide fecunda al óvulo. El óvulo fecundado (cigoto) se divide en repetidas ocasiones mientras se desplaza para llegar al útero. Primero, el cigoto se convierte en una sólida bola de células, luego en una esfera hueca formada por células llamada blastocisto. Dentro del útero, el blastocisto se implanta en la pared uterina y se transforma en el embrión y la placenta.
Implantación y desarrollo de la placenta

La implantación es la unión e inserción del blastocisto a la pared del útero.

El blastocisto habitualmente se implanta cerca del fondo del útero, ya sea en la pared anterior como en la posterior. La pared del blastocisto tiene el espesor de una célula excepto en un área en la que tiene de tres a cuatro células. Las células internas de la parte más gruesa de la pared del blastocisto se convierten en el embrión, mientras que las externas penetran en la pared uterina para formar la placenta. La placenta produce hormonas que ayudan a mantener la gestación y permite el intercambio de oxígeno, nutrientes y productos de desecho entre la madre y el feto. La implantación comienza entre 5 y 8 días después de la fecundación y se completa en 9 o 10 días.

La pared del blastocisto se convierte en la capa externa de las membranas (corion) que rodean al embrión. Una capa interna de membranas (amnios) se desarrolla entre los días 10 y 12 y forman el saco amniótico. Éste se llena de un líquido claro (líquido amniótico) y se extiende para envolver el embrión en desarrollo, que flota en su interior.

Por otro lado, las diminutas prolongaciones (vellosidades) de la placenta en desarrollo se extienden hasta la pared del útero y se ramifican hasta formar un complicado patrón arborescente. Esta ramificación aumenta en gran medida el área de contacto entre la madre y la placenta y permite el tránsito de más nutrientes de la madre al feto y de los productos de desecho del feto a la madre. La placenta está completamente formada entre las semanas 18ª y 20ª, pero sigue creciendo durante todo el embarazo; en el momento del parto, alcanza el medio kilogramo de peso.
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Placenta y embrión a las 8 semanas
La placenta en desarrollo forma diminutas vellosidades que se extienden dentro de la pared uterina. Los vasos sanguíneos del embrión, que pasan por el cordón umbilical, se desarrollan en estas vellosidades. Una delgada membrana separa la sangre del embrión que se encuentra en las vellosidades de la sangre de la madre que fluye por el espacio que las rodea (espacio intervelloso). Esta disposición permite el intercambio de materiales entre la sangre de la madre y la del embrión.
El embrión está suspendido en un fluido (líquido amniótico), que se almacena en un saco (saco amniótico). El líquido amniótico proporciona un espacio en el que el embrión puede crecer libremente y además lo protege de las lesiones.
Desarrollo del embrión

El embrión se reconoce por primera vez dentro del blastocisto alrededor de 10 días después de la fertilización. Poco después, la zona que se convertirá en el cerebro y la médula espinal (cresta neural) comienza a desarrollarse y el corazón y los principales vasos sanguíneos lo hacen alrededor del día 16 o 17. El corazón comienza a bombear un líquido por los vasos sanguíneos hacia el día 20 y los primeros glóbulos rojos aparecen al día siguiente. A continuación, los vasos sanguíneos se desarrollan en todo el embrión y en la placenta. La formación de los órganos se completa a las 12 semanas de embarazo (cerca de 10 semanas después de la fecundación), excepto el cerebro y la médula espinal, que continúan madurando durante todo el embarazo. La mayoría de las malformaciones tienen lugar durante las primeras 12 semanas de embarazo, ya que es el período en que se forman los órganos, y por tanto el embrión, es más vulnerable a los efectos de los fármacos o de los virus, como el que causa la rubéola. En consecuencia, una mujer embarazada no debería someterse a ninguna inmunización (vacuna) ni tomar fármacos durante las primeras 12 semanas de embarazo a menos que sea absolutamente esencial para proteger su salud. Así mismo, los fármacos que se sabe que causan malformaciones deben ser especialmente evitados durante este período.

Al principio, el embrión en desarrollo se sitúa bajo el revestimiento interior del útero (endometrio) a un lado de la cavidad uterina, pero a las 12 semanas el feto (término que se emplea tras 8 semanas de embarazo) ha crecido tanto que ocupa por completo este órgano y los revestimientos de ambos lados del útero llegan a entrar en contacto.

Cómo establecer la duración del embarazo

El embarazo se calcula convencionalmente en semanas, empezando a partir del primer día de la última menstruación. Debido a que la ovulación ocurre alrededor de las 2 semanas posteriores al inicio de la menstruación y que la fertilización se produce poco después de la ovulación, el embrión es unas 2 semanas más joven que el número de semanas que se asignan al embarazo. Por ejemplo, en una mujer que está “embarazada de 4 semanas” el embrión tiene 2 semanas. Si el ciclo menstrual es irregular, la diferencia real puede ser superior o inferior a las 2 semanas. Desde un punto de vista práctico, cuando la menstruación se retrasa 2 semanas, se considera que la gestación es de 6 semanas.

El embarazo dura un promedio de 266 días (38 semanas) desde el día de la concepción o 280 días (40 semanas) desde el primer día de la última menstruación. La fecha aproximada del parto se calcula restando 3 meses desde el primer día del último período menstrual y agregándole 1 año y 7 días. Sólo el 10 por ciento o menos de las mujeres embarazadas dan a luz en la fecha estimada, pero el 50 por ciento lo hace con un margen de 1 semana y casi el 90 por ciento 2 semanas (antes o después de fecha). Por consiguiente, un parto que se produzca 2 semanas antes o después de la fecha calculada se considera normal.

El embarazo se divide en tres períodos de 3 meses, llamados primer trimestre (semanas 1 a 12), segundo trimestre (semanas 13 a 24) y tercer trimestre (semana 25 hasta el parto).

Detección del embarazo

Si una mujer que, por lo general, tiene menstruaciones regulares sufre un retraso de una semana o más, puede estar embarazada. En los primeros meses del embarazo, la mujer puede experimentar hinchazón de mamas, náuseas y vómitos ocasionales. La hinchazón de mamas se debe a los valores elevados de hormonas femeninas (sobre todo, de estrógenos, pero también de progesterona). Las náuseas y los vómitos pueden estar causados por los estrógenos y la gonadotropina coriónica humana (HCG). Estas dos hormonas, que actúan durante el embarazo, son generadas por la placenta a partir de unos 10 días después de la fecundación. Al comienzo del embarazo, muchas mujeres se sienten cansadas y algunas experimentan hinchazón abdominal.

Si una mujer está embarazada, el cuello uterino es más blando de lo habitual y el útero se encuentra irregularmente agrandado y blando. Por lo general, la vagina y el cuello uterino adoptan un color entre azulado y púrpura, probablemente debido a que están congestionados por la sangre. La exploración ginecológica permite observar estos cambios.

Habitualmente, se puede determinar si una mujer está embarazada mediante una prueba de embarazo de sangre u orina. Un test ELISA de embarazo (enzimoinmunoanálisis) puede detectar incluso valores muy bajos de gonadotropina coriónica humana en la orina de una forma rápida y fácil. Algunas de las pruebas de embarazo de mayor sensibilidad que usan este método pueden detectar concentraciones casi inapreciables de gonadotropina coriónica humana como las que aparecen alrededor de una semana y media después de la fecundación, y los resultados se obtienen en media hora. Otras pruebas incluso de mayor sensibilidad, que también detectan esta hormona, pueden determinar si una mujer está embarazada pocos días después de la fecundación (antes de la primera falta de menstruación). Durante los primeros 60 días de un embarazo normal con un feto, los niveles de gonadotropina coriónica humana se duplican cada 2 días aproximadamente.

El útero aumenta de tamaño durante el embarazo. A las 12 semanas, supera la pelvis y llega al abdomen y, por lo general, se puede palpar en la parte inferior del abdomen. A medida que crece, alcanza la altura del ombligo a las 20 semanas y el extremo inferior de la caja torácica hacia las 36 semanas.

Otras formas de detectar un embarazo son las siguientes:

- La auscultación de la frecuencia cardíaca del feto con un fonendoscopio especial o mediante una ecografía Doppler. La frecuencia cardíaca puede detectarse ya entre las 18 y las 20 semanas de embarazo con este fonendoscopio y, entre las 12 y 14 semanas, con un aparato Doppler.

- La percepción de movimientos del feto. La madre siempre siente los movimientos antes de que lo haga el médico, en general entre las semanas 16 y 20 del embarazo. Las mujeres que ya han estado embarazadas con anterioridad habitualmente perciben los movimientos antes que las mujeres primíparas.

- La constatación del crecimiento uterino con una ecografía. El mayor volumen del útero se aprecia aproximadamente en la sexta semana. El latido del corazón puede verse a las 6 semanas y se percibe claramente a las 8 semanas en más del 95 por ciento de los embarazos.

Cambios fisiológicos durante el embarazo

El embarazo provoca muchos cambios en todo el cuerpo, la mayoría de los cuales desaparecen después del parto.

Corazón y circulación

Durante el embarazo, la cantidad de sangre bombeada por el corazón cada minuto (gasto cardíaco o volumen minuto) se incrementa del 30 al 50 por ciento. Este aumento se inicia aproximadamente en la sexta semana y llega a su punto máximo entre las semanas 16 y 28, por lo general, la semana 24. A medida que aumenta el bombeo del corazón, la frecuencia cardíaca en reposo se acelera desde las 70 pulsaciones por minuto normales a las 80 o 90 pulsaciones por minuto. Después de 30 semanas, puede disminuir ligeramente debido a que el crecimiento del útero presiona las venas que retornan la sangre desde las piernas hasta el corazón. Durante el parto, sin embargo, el bombeo del corazón aumenta un 30 por ciento más y, tras el parto, disminuye con rapidez al principio, hasta llegar de un 15 a un 25 por ciento por encima del nivel anterior a la gestación y luego más lentamente hasta que vuelve al nivel normal previo al embarazo (unas 6 semanas después del parto).

La elevación del bombeo del corazón durante el embarazo probablemente se debe a los cambios que se producen en el suministro de sangre al útero. A medida que el feto crece, más sangre llega al útero de la madre. Al final del embarazo, el útero recibe una quinta parte de todo el volumen sanguíneo de la madre.

Durante la realización de un ejercicio físico, el bombeo del corazón, la frecuencia cardíaca y el consumo de oxígeno aumentan más en las mujeres embarazadas que en las que no lo están. Además, las radiografías y los electrocardiogramas ponen de manifiesto determinados cambios en el corazón y pueden aparecer soplos e irregularidades del ritmo cardíaco. Todos estos cambios son normales durante el embarazo, pero algunas anomalías del ritmo cardíaco pueden requerir tratamiento.

La presión arterial suele disminuir durante el segundo trimestre, pero puede volver a los niveles normales en el tercero.

El volumen de sangre se incrementa en un 50 por ciento durante el embarazo, pero el número de glóbulos rojos, que son las células encargadas de transportar el oxígeno a todo el organismo, sólo aumenta entre un 25 y un 30 por ciento. Por motivos desconocidos, el número de glóbulos blancos, que son las celulas que combaten las infecciones, aumenta ligeramente durante el embarazo y, de forma notoria, durante el parto y los días inmediatos posteriores al mismo.

Riñones

Al igual que la del corazón, la actividad de los riñones aumenta en gran medida durante todo el embarazo. Los riñones tienen que filtrar un volumen de sangre cada vez mayor (entre un 30 y un 50 por ciento más), hasta alcanzar un máximo entre las semanas 16 y 24 que se mantiene hasta antes del parto, momento en que la presión ejercida por el útero agrandado puede disminuir ligeramente la llegada de sangre a los riñones.

La actividad renal normalmente aumenta cuando una persona se recuesta en posición horizontal y se reduce cuando está de pie. Esta diferencia se acentúa durante el embarazo (ello justifica, en parte, que la mujer embarazada sienta la necesidad de orinar cuando intenta dormir). En el último trimestre del embarazo, el incremento de la actividad renal es aún mayor cuando se acuesta de lado. En esta posición, la presión que ejerce el útero sobre las venas que irrigan la sangre de las piernas disminuye y, por tanto, aumenta el flujo de la sangre y se incrementa la actividad de los riñones y el bombeo del corazón.

Pulmones

Durante el embarazo, el espacio que ocupa progresivamente el útero y la mayor producción hormonal de progesterona provoca cambios en el funcionamiento de los pulmones. Una mujer embarazada respira más rápida y profundamente porque necesita más oxígeno para ella y para el feto. El diámetro torácico de la mujer aumenta ligeramente. El revestimiento interno del aparato respiratorio recibe más sangre y se produce cierto grado de congestión. En algunas ocasiones, la nariz y la garganta se obstruyen de forma parcial debido a esta congestión y, por ello, la mujer nota en ciertos momentos la nariz tapada y bloqueadas las trompas de Eustaquio (que son los tubos que conectan el oído medio con la parte posterior de la nariz). El tono y la calidad de la voz pueden cambiar de modo sutil. Prácticamente todas las mujeres embarazadas tienen sensación de ahogo cuando realizan algún esfuerzo, en especial hacia el final del embarazo.

Sistema digestivo

A medida que avanza el embarazo, la presión que ejerce el útero sobre el recto y la parte inferior del intestino puede causar estreñimiento. Tal estreñimiento puede agravarse porque las contracciones musculares involuntarias que se producen en el intestino para desplazar los alimentos se vuelven más lentas debido a los altos valores de progesterona presentes durante el embarazo. Con frecuencia aparecen acidez y eructos, posiblemente debido a que los alimentos permanecen en el estómago más tiempo y porque el esfínter (un músculo con forma de anillo que se encuentra en el extremo inferior del esófago) tiende a relajarse, permitiendo el reflujo del contenido del estómago hacia el esófago. En cambio, las úlceras de estómago son poco frecuentes durante el embarazo y a menudo las preexistentes mejoran porque el estómago produce menos ácido.

El riesgo de sufrir una enfermedad de la vesícula biliar aumenta. Las mujeres que han estado embarazadas tienen más problemas de vesícula biliar que las que nunca lo han estado, incluso después de muchos años.

Piel

La máscara del embarazo (cloasma) consiste en una serie de manchas pigmentadas, de color marrón, que pueden aparecer sobre la piel de la frente y de las mejillas. La pigmentación también puede aumentar en la piel que rodea los pezones (aréola). A menudo aparece una línea oscura en la mitad del abdomen.

En la piel, por encima de la cintura pueden aparecer pequeños vasos sanguíneos en forma de araña (arañas vasculares), así como unos capilares dilatados de pared delgada, sobre todo en la parte inferior de las piernas.

Hormonas

El embarazo modifica la función de prácticamente todas las glándulas del organismo. La placenta produce varias hormonas necesarias para el mantenimiento del embarazo. La principal hormona que produce la placenta, la gonadotropina coriónica humana, evita que los ovarios liberen óvulos y los estimula a producir continuamente valores altos de estrógenos y progesterona, que son necesarios para que la gestación siga su curso. La placenta también produce una hormona que estimula la actividad de la glándula tiroides. Una glándula tiroides más activa a menudo acelera la frecuencia cardíaca y provoca palpitaciones, sudación excesiva e inestabilidad emocional, y también puede aumentar de tamaño. Sin embargo, una verdadera hiperfunción tiroidea como la que sucede en el trastorno denominado hipertiroidismo se constata en menos del uno por ciento de los embarazos.

La placenta también produce una hormona estimulante de los melanocitos que oscurece la piel, y puede producir otra hormona que aumenta los niveles de hormonas suprarrenales en la sangre. El incremento de estos niveles de hormonas suprarrenales, problablemente, es la causa de que en ocasiones aparezcan unas estrías rosadas en el abdomen.

Durante el embarazo, se necesita más insulina que la que proporciona el páncreas; de ahí que en una mujer embarazada con diabetes, esta enfermedad pueda empeorar. Además, la diabetes puede comenzar durante el embarazo, un trastorno conocido como diabetes gestacional.

Cuidados prenatales

Preferentemente, la mujer debería consultar a su médico antes de quedar embarazada, con el fin de conocer su estado de salud e informarse de los peligros de consumir tabaco, alcohol y otras sustancias durante el embarazo. En esta visita también pueden tratarse aspectos acerca de la dieta y de determinados problemas médicos o sociales.

Es particularmente importante hacerse un examen entre las 6 y 8 semanas de embarazo (cuando la menstruación se retrasa de 2 a 4 semanas) con el fin de estimar la duración del embarazo y poder predecir así la fecha del parto con la mayor precisión posible.

La primera visita durante el embarazo es casi siempre muy exhaustiva. Se determina el peso, la altura y la presión arterial. También se examinan el cuello, la glándula tiroides, las mamas, el abdomen, los brazos y las piernas; el corazón y los pulmones se examinan con un fonendoscopio y se observa el fondo de los ojos con un oftalmoscopio. La revisión incluye una exploración rectal y ginecológica, en la que se comprueba el tamaño y la posición del útero, así como cualquier anomalía en la pelvis, como una deformación secundaria a una fractura. La determinación de las dimensiones de la pelvis es útil para conocer con anticipación el grado de dificultad que generará el paso del bebé por la misma en el momento del parto.

Por otro lado, se toma una muestra de sangre para hacer un recuento completo de células sanguíneas, pruebas para la sífilis, hepatitis, gonorrea, infección por clamidias y otras enfermedades de transmisión sexual, y pruebas para determinar el grupo sanguíneo y la existencia de anticuerpos anti-Rh. Es recomendable realizar una prueba para la detección del virus de inmunodeficiencia humana (VIH). La muestra también se analiza para detectar una exposición previa a la rubéola.
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Ecografía: visualización del feto
En la ecografía se coloca un transductor (un dispositivo que produce ondas sonoras) sobre el abdomen de la mujer. Las ondas sonoras penetran en el cuerpo, reflejan las estructuras internas y se convierten en impulsos eléctricos, que, procesados, dan una imagen en un monitor.
En la mujer también se realizan, de forma periódica, numerosas pruebas de orina y la prueba de Papanicolaou (Pap) para detectar cáncer cervical. A las mujeres de etnia negra y las de origen mediterráneo se les practican análisis para detectar drepanocitosis o algún rasgo de drepanocitosis. Si una mujer tiene un riesgo elevado de concebir un feto con una anomalía genética, se realizan pruebas de detección genéticas. Se recomienda realizar pruebas frente a la tuberculosis en las mujeres de Asia, Latinoamérica y en muchas zonas urbanas, donde el riesgo de desarrollar la enfermedad es mayor de lo normal. La práctica de una radiografía sólo está indicada cuando la mujer padece un trastorno cardíaco o pulmonar; de lo contrario, debe evitarse la exposición a los rayos X, en especial durante las primeras 12 semanas de embarazo, porque el feto es muy sensible a los efectos perjudiciales de la radiación. Si es necesario realizar una radiografía, debe protegerse el feto colocando un delantal de plomo sobre la parte inferior del abdomen de la mujer para que el útero quede a cubierto.

En las mujeres con antecedentes de recién nacidos de mucho peso, abortos inexplicables, presencia de azúcar en la orina o historia familiar de diabetes debe practicarse un análisis para detectar diabetes a partir de las 12 semanas de embarazo. A las 28 semanas, este analisis debería practicarse a todas las gestantes.

Entre las 16 y las 18 semanas, pueden medirse los niveles de alfafetoproteína en la sangre, una proteína producida por el feto. Los valores altos indican que el feto puede tener una espina bífida o que haya más de un feto. Un valor alto también puede significar que la fecha de la concepción se calculó erróneamente. Si los niveles son bajos, es posible que el feto tenga anomalías cromosómicas.

La ecografía es la técnica de visualización más segura. Con esta técnica el embarazo puede detectarse por primera vez en la cuarta o quinta semana después de la ovulación y puede seguirse el crecimiento fetal hasta el nacimiento del bebé. La ecografía da imágenes de alta calidad e incluso pueden verse escenas del feto en movimiento, lo cual proporciona información útil al médico y a la vez es estimulante para la madre. Muchos médicos recomiendan realizar al menos una ecografía durante un embarazo para asegurarse de que su curso es normal y para verificar la fecha estimada del nacimiento.

Antes de realizar una ecografía abdominal, sobre todo al comienzo del embarazo, la mujer debe beber gran cantidad de agua, ya que una vejiga llena empuja al útero hacia la pelvis y ello permite obtener una imagen más nítida del feto. Si se realiza una ecografía transvaginal, la vejiga no necesita estar llena y además puede detectar un embarazo incluso antes que la ecografía abdominal.

Si una mujer y su médico no consiguen determinar la fecha de la concepción, la ecografía es el modo más preciso de establecerla. A este respecto, la determinación de la fecha resulta mucho más precisa si se efectúa durante las primeras 12 semanas del embarazo y luego se repite a las 18 o 20 semanas.

La ecografía puede determinar si el ritmo de crecimiento del feto es normal. También se usa para registrar el latido cardíaco del feto o los movimientos respiratorios, para detectar embarazos múltiples y para identificar varias anomalías, como la incorrecta colocación de la placenta (placenta previa) o una posición anormal del feto. La ecografía ayuda a orientar la dirección de la aguja cuando se desea obtener una muestra de líquido amniótico (amniocentesis) para realizar estudios genéticos o de madurez pulmonar y cuando debe efectuarse una transfusión de sangre al feto.

Hacia el final del embarazo, la ecografía permite identificar un parto antes de término (pretérmino) o confirmar la rotura precoz de membranas, que se produce cuando éstas, que están llenas de líquido, con el feto en su interior, se rompen antes del inicio del parto. Por último, la ecografía puede proporcionar información útil para decidir si es necesario practicar una cesárea.

Después de la primera revisión, una mujer embarazada debería efectuar visitas de seguimiento cada 4 semanas hasta la semana 32 de embarazo, luego cada 2 semanas hasta la 36 y, por último, una vez a la semana hasta el parto. En cada visita, se registran el peso y la presión arterial de la mujer, así como el tamaño y la forma del útero para determinar si el crecimiento y el desarrollo del feto son normales. Se toma una pequeña muestra de orina para determinar la presencia de azúcar y proteínas. El hallazgo de azúcar puede indicar diabetes y el de proteínas puede indicar la existencia de una preeclampsia (presión arterial elevada, proteínas en la orina y retención de líquidos durante el embarazo). También se examinan los tobillos para comprobar si se hinchan.

Si la madre posee un Rh-negativo, se comprueba la presencia de anticuerpos anti-Rh; si la madre es Rh-negativo y el padre Rh-positivo, el feto puede tener sangre Rh-positivo. Si la sangre Rh-positivo del feto entra en la circulación sanguínea de la madre en algún momento del embarazo, ésta puede producir anticuerpos anti-Rh que, al pasar al feto, pueden destruir sus glóbulos rojos y provocar ictericia, lesión cerebral o incluso su muerte.

Una mujer de constitución normal debería aumentar aproximadamente un total de 12 a 15 kilogramos durante el embarazo (es decir, alrededor de 1 a 1,5 kg al mes). Aumentar más de 15 a 17,5 kilogramos produce un aumento del tejido adiposo tanto en el feto como en la madre. Debido a que al final del embarazo resulta más difícil controlar el aumento de peso, la mujer debería evitar este incremento durante los primeros meses. Sin embargo, si una mujer aumenta muy poco de peso puede significar un mal presagio, en especial si el total del peso ganado es inferior a 5 kilogramos, ya que puede indicar que el feto no crece lo bastante rápido (una situación que se denomina retraso del desarrollo fetal).

En ocasiones, el aumento de peso se debe a una retención de líquidos por una mala circulación sanguínea en las piernas cuando la mujer está de pie. Por lo general, este problema se alivia recostándose de lado (preferiblemente el izquierdo) durante 30 a 45 minutos dos o tres veces al día.

Durante el embarazo, la mayoría de mujeres debería agregar 250 calorías a su dieta diaria para nutrir al feto en desarrollo. A pesar de que la mayoría de estas calorías debería provenir de proteínas, la dieta debe ser equilibrada e incluir frutas frescas, cereales y verduras. A este fin, los cereales de alto contenido en fibra y sin azúcar son excelentes. La sal, sobre todo yodada, puede utilizarse con moderación, pero deben evitarse los alimentos excesivamente salados o que contengan conservantes. No es recomendable seguir una dieta para bajar de peso durante el embarazo, incluso para las mujeres obesas, ya que reduce el aporte de nutrientes al feto y es esencial aumentar un poco de peso para que el desarrollo sea correcto. A pesar de que, normalmente, el feto tiene preferencia a la hora de recibir los nutrientes, la madre debería asegurarse de que éstos sean los adecuados.
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Por lo general, no se recomienda la administración de fármacos. La mujer embarazada no debería tomar ningún fármaco, incluyendo los que no precisan receta (de venta libre), como el ácido acetilsalicílico, sin consultar primero con su médico, en particular, durante los primeros tres meses. La demanda de hierro aumenta en gran medida durante el embarazo para satisfacer las necesidades del feto y de la madre. Habitualmente, la mayoría de las mujeres necesita tomar suplementos de hierro (en especial las que padecen anemia) porque, en general, las mujeres no absorben suficiente cantidad de hierro de los alimentos para satisfacer las demandas del embarazo, aun cuando éste se sume al almacenado en el organismo. En ocasiones, los suplementos de hierro causan un ligero malestar en el estómago y estreñimiento. Por otra parte, hay que tener en cuenta que la demanda de hierro aumenta aún más durante la segunda mitad del embarazo. Si la dieta es adecuada, quizás no haga falta contar con otros suplementos ni vitaminas, a pesar de que es recomendable la administración diaria de una vitamina que contenga hierro y ácido fólico.

Las náuseas y los vómitos se alivian realizando cambios en la dieta, como beber y comer pequeñas cantidades con frecuencia, comer antes de tener hambre e ingerir alimentos suaves (por ejemplo, caldo, consomé, arroz y pasta) en lugar de platos fuertes y muy condimentados. Comer galletas y tomar una bebida carbonatada también sirve de alivio para las náuseas. Por ello, tener siempre galletas junto a la cama y comer una o dos antes de levantarse es una buena solución para las náuseas matinales. En la actualidad, no se aconseja la administración de ningún fármaco para tratar las náuseas. Si las náuseas y los vómitos son tan intensos o persistentes que la mujer se deshidrata, pierde peso o presenta cualquier otro problema, puede que deba ser hospitalizada temporalmente y que tenga que recibir líquidos por vía intravenosa.

La hinchazón (edema) es muy frecuente, sobre todo en las piernas. También es frecuente que aparezcan varices en las piernas y en la zona que rodea el orificio vaginal (vulva), que pueden ser molestas; de ahí que las prendas de vestir deban ser amplias alrededor de la cintura y las piernas. Así mismo, usar medias elásticas o reposar con frecuencia con las piernas en alto, preferiblemente echada sobre el lado izquierdo, suele reducir el edema.

Las hemorroides (dilatación varicosa) son otro problema frecuente y pueden tratarse con laxantes, un gel anestésico o con baños de agua templada cuando son dolorosas.

Con frecuencia aparece dolor de espalda de intensidad variable. En estos casos, puede resultar de gran ayuda evitar los esfuerzos excesivos de la espalda y usar una faja de maternidad. En ocasiones, hay dolor en el hueso del pubis (sínfisis púbica) que se localiza en la parte inferior del abdomen.

La acidez, generalmente por el reflujo de contenido del estómago hacia el esófago, puede mejorar haciendo comidas menos copiosas, evitando recostarse o echarse de forma completamente plana, al menos durante varias horas después de comer, y tomando antiácidos (excepto bicarbonato de sodio).

La fatiga es frecuente, sobre todo en las primeras 12 semanas y, de nuevo, al final del embarazo.

También es característico un aumento del flujo vaginal, que, en general, es normal. La tricomoniasis (una infección por protozoos) y la candidiasis (una infección por hongos) son infecciones vaginales frecuentes durante el embarazo que pueden tratarse fácilmente. La vaginosis bacteriana, una infección de origen bacteriano, puede producir un adelantamiento del parto y, en consecuencia, debe ser tratada de inmediato.

Así mismo, puede aparecer apetencia, o sea, la necesidad imperiosa de comer alimentos extraños o sustancias no comestibles, como almidón o arcilla. Ello quizá puede representar una necesidad nutricional subconsciente. En ocasiones, el exceso de salivación puede causar algunas molestias.

A menudo, las mujeres embarazadas se preocupan por moderar sus actividades; no obstante, la mayoría puede continuar sin ningún cambio y realizando sus ejercicios habituales durante el embarazo. La natación y otros deportes que no requieren grandes esfuerzos son muy adecuados. Las mujeres embarazadas pueden realizar actividades vigorosas, como la equitación, siempre y cuando lo hagan con prudencia. La libido puede aumentar o bien disminuir durante el embarazo. El coito está permitido durante toda la gestación, pero debería evitarse completamente en caso de hemorragia por la vagina, dolor o pérdida de líquido amniótico y, en especial, si aparecen contracciones uterinas. Algunas mujeres embarazadas han muerto debido a la insuflación de aire dentro de la vagina durante el sexo oral.

Todas las mujeres embarazadas deberían saber cuáles son los signos que indican el inicio del parto. Los principales son las contracciones en la parte inferior del abdomen a intervalos regulares y el dolor de espalda. Toda mujer que ya ha tenido partos rápidos en embarazos anteriores debería ponerse en contacto con su médico en cuanto piense que está comenzando el parto. Hacia el final del embarazo (después de 36 semanas), el médico puede practicar una exploración pélvica para intentar predecir cuándo comenzará el parto.
EMBARAZO DE ALTO RIESGO
Factores de riesgo previos al embarazo,Problemas en un embarazo previo y complicaciones,Aborto y feto muerto,Embarazo ectópico,Incompatibilidad de Rh,Abruptio placentae,Placenta previa,Preeclampsia y eclampsia,Urticaria del embarazo ...
Un embarazo de alto riesgo
es aquel en el que el riesgo de enfermedad o muerte antes o después del parto es mayor de lo habitual, tanto para la madre como para el bebé.

Para identificar un embarazo de alto riesgo, se evalúa a la mujer embarazada para determinar si presenta condiciones o características que la expongan a ella o al feto a la posibilidad de enfermar o morir durante el embarazo (factores de riesgo). A los factores de riesgo se les asigna una puntuación que se corresponde con el grado de riesgo. El hecho de identificar un embarazo de alto riesgo asegura que la mujer que más necesita atención médica efectivamente la reciba.

Una mujer con un embarazo de alto riesgo puede ser tratada en un centro de cuidados perinatales; perinatal es un término que hace referencia a los eventos que suceden inmediatamente antes, durante o después del parto. Por lo general, estos centros cuentan con un servicio obstétrico y una unidad de cuidados intensivos neonatales para proporcionar el máximo grado de asistencia tanto para la mujer embarazada como para el feto y el recién nacido. El médico suele enviar a la embarazada a un centro de cuidados perinatales antes del parto porque la atención precoz reduce la probabilidad de que el bebé enferme o muera. Estos centros también acogen a cualquier mujer embarazada que presente problemas inesperados durante el parto. La causa más frecuente de ingreso en estos centros es el riesgo de un parto prematuro (antes de las 37 semanas), que se asocia a menudo con la rotura prematura de las membranas, es decir, cuando se rompen antes de que el feto esté listo para nacer. A este respecto, el tratamiento en un centro de cuidados perinatales reduce el riesgo de que el bebé nazca prematuramente.

En algunos países desarrollados muere una mujer embarazada (mortalidad materna) en 6 de cada 100 000 nacimientos. La principal causa de muerte son los accidentes de tráfico u otras lesiones. En segundo lugar, se encuentran los diversos problemas relacionados con el embarazo y el parto: coágulos de sangre que se desprenden y alcanzan los pulmones, complicaciones anestésicas, hemorragias, infecciones y complicaciones provocadas por una presión arterial elevada.

A título ilustrativo, diremos que el bebé muere antes, durante o después del parto (mortalidad perinatal) en 16 de cada 1 000 partos en EE.UU. Poco más de la mitad de estas muertes son abortos y el resto afecta a recién nacidos de hasta 28 días. La principal causa de estas muertes son las malformaciones congénitas y la prematuridad.

Algunos factores de riesgo están presentes antes de que la mujer quede embarazada, mientras que otros se desarrollan durante el embarazo.

Factores de riesgo previos al embarazo

Antes de que se produzca la concepción, es posible que la madre tenga características o condiciones que incrementen el riesgo durante el embarazo. Además, cuando se ha tenido un problema en un embarazo, el riesgo de tener el mismo problema en embarazos subsiguientes es mayor.

Características de la madre

La edad de la mujer se relaciona estrechamente con el riesgo durante el embarazo. Las niñas de 15 años y menos tienen más probabilidades de desarrollar preeclampsia (una enfermedad caracterizada por una presión arterial elevada, proteínas en la orina y retención de líquidos durante el embarazo) y eclampsia (convulsiones producidas por la preeclampsia); también tienen más probabilidades de tener hijos de bajo peso al nacer o desnutridos. En cambio, las mujeres de 35 años o más tienen más probabilidades de desarrollar presión arterial elevada, diabetes o fibromas (formaciones no cancerosas) en el útero, así como de tener problemas durante el parto. El riesgo de tener un bebé con alguna anomalía cromosómica como el síndrome de Down aumenta con rapidez a partir de los 35 años. Si una mujer embarazada de este grupo de edad está preocupada por la posibilidad de que su feto desarrolle anomalías, puede someterse a un análisis de las vellosidades coriónicas o a una amniocentesis para determinar el contenido cromosómico del feto.
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Una mujer que pesa menos de 45 kilogramos cuando no está embarazada tiene más probabilidades de tener un bebé de menor tamaño de lo esperado en relación con el número de semanas de embarazo (pequeño para su edad gestacional). Si su peso aumenta menos de 5 kilogramos durante el embarazo, el riesgo de tener un bebé con esas características aumenta en casi un 30 por ciento. Por el contrario, una mujer obesa tiene más probabilidades de tener un bebé muy grande; la obesidad también incrementa el riesgo de desarrollar diabetes y presión arterial elevada durante el embarazo.
Una mujer de menos de 1,60 m de altura tiene más probabilidades de tener una pelvis pequeña; de ahí que el riesgo de tener un parto prematuro y un bebé anormalmente pequeño por retraso del crecimiento intrauterino también sea más alto de lo habitual.
Problemas en un embarazo previo

Una mujer que ha tenido tres abortos consecutivos siempre en los primeros 3 meses de embarazo tiene alrededor del 35 por ciento de probabilidades de sufrir otro. El aborto también es más probable cuando la mujer tuvo un feto muerto entre el cuarto y el octavo mes de embarazo o cuando tuvo un parto prematuro en un embarazo anterior. Antes de intentar quedar embarazada de nuevo, es recomendable que la mujer que ha tenido un aborto se someta a una prueba de detección de anomalías cromosómicas u hormonales, defectos estructurales en el útero o en el cuello uterino, enfermedades del tejido conectivo como el lupus o una reacción inmune frente al feto, por lo general, por incompatibilidad de Rh. Si se descubre la causa del aborto, es posible que ésta pueda ser tratada de forma adecuada.

El hecho de que un feto nazca muerto o de que un bebé recién nacido muera se asocia a anomalías cromosómicas en el feto, diabetes, alguna enfermedad renal (crónica) o de los vasos sanguíneos, hipertensión arterial, drogadicción o una enfermedad del tejido conectivo, como el lupus en la madre.

Por otro lado, cuanto mayor sea el número de partos prematuros, mayor es el riesgo de repetirlos en los embarazos siguientes. Una mujer que haya tenido un recién nacido con un peso menor de 1,5 kilogramos, tiene un 50 por ciento de probabilidades de que su próximo hijo nazca antes de término. Si un recién nacido sufrió retraso del crecimiento intrauterino, es probable que se repita en el siguiente. En estos casos, se investiga en busca de la presencia de enfermedades que puedan retrasar el crecimiento fetal, como la hipertensión arterial, afecciones renales, aumento de peso inadecuado, infección, tabaquismo y abuso de alcohol.

Un recién nacido que pese más de 4,5 kg al nacer sugiere que la madre pueda sufrir diabetes. El riesgo de aborto o muerte de la mujer o del recién nacido aumenta si la mujer padece de diabetes durante el embarazo. Por tanto, se debe controlar la presencia de esta enfermedad en las mujeres embarazadas midiendo sus niveles de azúcar en sangre (glucosa) entre las semanas 20 y 28 de embarazo.

La mujer que ha tenido seis o más embarazos, tiene mayores probabilidades de tener contracciones leves durante el parto y hemorragias después del mismo, debido al debilitamiento de sus músculos uterinos. También puede tener un parto rápido, que aumenta el riesgo de padecer una hemorragia vaginal copiosa. Además, tiene muchas más probabilidades de tener placenta previa (una placenta anormalmente localizada en la parte inferior del útero). Este trastorno puede causar hemorragia y, como la placenta puede bloquear el cuello uterino, por lo general, se debe practicar una cesárea.
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Si una mujer ya ha tenido un hijo con una enfermedad hemolítica, el siguiente puede correr el riesgo de nacer también con esta enfermedad, y su gravedad en el recién nacido anterior predice la que tendrá en el siguiente. Esta enfermedad se desarrolla cuando una madre cuya sangre es Rh-negativo tiene un feto con sangre Rh-positivo (incompatibilidad de Rh) y la madre produce anticuerpos contra la sangre del feto (sensibilización a Rh) que destruyen sus glóbulos rojos. En esos casos, se analiza la sangre de ambos progenitores. Si el padre tiene dos genes para sangre Rh-positivo, todos los hijos serán Rh-positivos; si tiene sólo un gen de estas características, el recién nacido tiene alrededor del 50 por ciento de probabilidades de ser Rh-negativo. Esta información es útil para tomar las precauciones necesarias con la madre y el feto en embarazos subsiguientes. Por lo general, en el primer embarazo con un hijo con sangre Rh-positivo no suele haber problemas, pero el contacto entre la sangre de la madre y la del recién nacido durante el parto hace que la madre produzca anticuerpos anti-Rh y, por tanto, los siguientes recién nacidos pueden sufrir complicaciones. Sin embargo, después de que una madre con Rh-negativo alumbre un recién nacido Rh-positivo, se suele administrar a aquélla globulina inmune Rh0 (D) para destruir los anticuerpos anti-Rh. El resultado es que la hemólisis (destrucción de hematíes) en los recién nacidos es muy poco frecuente.

Una mujer que ha tenido una preeclampsia o eclampsia tiene probabilidades de volver a tenerla, en particular, si padece hipertensión cuando no está embarazada.

Si una mujer ha tenido un bebé con trastornos genéticos o malformaciones, habitualmente se realizan análisis genéticos de éste (aunque haya nacido muerto) y de ambos padres antes de otro embarazo. En caso de que la mujer quede de nuevo embarazada, se realizan pruebas como ecografías, toma de muestras de vellosidades coriónicas y amniocentesis para ayudar a determinar las probabilidades de que las anomalías se repitan.

Alteraciones estructurales

Las anomalías en los órganos reproductores femeninos, como el útero bicorne o un cuello uterino débil que no puede sostener al feto en desarrollo (cuello incompetente), aumentan el riesgo de aborto. En consecuencia, puede ser necesario practicar intervenciones quirúrgicas, ecografías o radiografías para detectar estas alteraciones; si una mujer ha tenido varios abortos, estas pruebas se realizan antes de que vuelva a quedar embarazada.

Los fibromas (formaciones no cancerosas) en el útero, que son más frecuentes en mujeres mayores, pueden aumentar el riesgo de un parto prematuro, la incidencia de problemas durante el parto, una presentación anormal del feto, una localización anormal de la placenta (placenta previa) y abortos repetidos.

Problemas médicos

Ciertas condiciones médicas en una mujer gestante pueden ponerla en peligro a ella y al feto. Las más importantes son la hipertensión arterial crónica, enfermedades renales, diabetes, cardiopatías graves, enfermedad tiroidea, lupus eritematoso sistémico (lupus) y trastornos de la coagulación san-guínea.

Historia familiar

Una historia de retraso mental u otros trastornos hereditarios en la familia de la madre o del padre aumenta la probabilidad de que el recién nacido vaya a tener esa enfermedad. La tendencia a tener gemelos también se da en el seno de una misma familia.

Factores de riesgo durante el embarazo

Una mujer embarazada sin riesgos especiales puede sufrir un cambio que aumente el riesgo, por ejemplo, la exposición a teratógenos (agentes que pueden producir defectos congénitos) como la radiación, productos químicos, fármacos e infecciones, o bien puede desarrollar una complicación médica o en relación al embarazo.

Exposición a teratógenos

Los fármacos reconocidos como causantes de defectos congénitos cuando se toman durante el embarazo incluyen el alcohol, la fenitoína, los fármacos que contrarrestan las acciones del ácido fólico (como el triamtereno o el trimetoprim), el litio, la estreptomicina, las tetraciclinas y la warfarina. Las infecciones que pueden provocar defectos congénitos incluyen el herpes simple, la hepatitis vírica, la gripe, la parotiditis, la rubéola, la varicela, la sífilis, la listeriosis, la toxoplasmosis e infecciones por virus Coxsackie o por citomegalovirus. Al comienzo del embarazo, a la mujer se le pregunta si ha tomado algunos de estos fármacos o ha padecido alguna de estas infecciones desde que quedó embarazada. Es particularmente preocupante la forma en que el tabaquismo, el consumo de alcohol y el abuso de fármacos durante el embarazo afectan a la salud y al desarrollo del feto.

El tabaquismo es la adicción más frecuente entre las mujeres embarazadas de algunos países desarrollados. A pesar de la información creciente acerca de los peligros para la salud que acarrea el tabaquismo, el porcentaje de mujeres adultas que fuman o viven con alguien que fuma sólo ha descendido ligeramente en 20 años y el porcentaje de mujeres grandes fumadoras se ha incrementado. Así mismo, el tabaquismo entre las adolescentes ha aumentado sustancialmente y supera al de los jóvenes de su misma edad.
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El consumo de tabaco perjudica tanto a la madre como al feto, pero sólo cerca del 20 por ciento de las mujeres que fuma abandona el hábito durante la gestación. El efecto más marcado del tabaquismo sobre el recién nacido durante el embarazo es la reducción de su peso al nacer: cuanto más fuma una mujer durante el embarazo, menos pesará el recién nacido. Este efecto parece ser mayor entre las fumadoras de mayor edad, que tienen más probabilidades de tener recién nacidos de menor peso y estatura. Las fumadoras embarazadas también tienen más probabilidades de tener complicaciones con la placenta, rotura prematura de membranas, parto anticipado (pretérmino) e infecciones uterinas. Una mujer embarazada que no fuma debería evitar exponerse al humo de otros puesto que, igualmente, puede perjudicar al feto.

Los defectos congénitos que afectan al corazón, al cerebro y a la cara son más frecuentes entre los hijos de fumadoras que entre los de no fumadoras. El tabaquismo en la madre también puede aumentar el riesgo del síndrome de muerte súbita del lactante. Además, los hijos de madres fumadoras tienen deficiencias sutiles, pero apreciables, en cuanto al crecimiento, desarrollo intelectual y conducta. Se cree que estos efectos son provocados por el monóxido de carbono, que reduce el suministro de oxígeno que reciben los tejidos del organismo, y por la nicotina, que, al estimular la liberación de hormonas, provoca una constricción de los vasos sanguíneos en la placenta y el útero, disminuyendo la llegada de sangre.

El consumo de alcohol durante el embarazo es la principal causa conocida de anomalías congénitas. El síndrome alcohólico fetal, una de las principales consecuencias de beber durante el embarazo, aparece en alrededor de 2,2 de cada 1 000 recién nacidos vivos. Esta enfermedad incluye retraso del crecimiento antes o después del parto, anomalías faciales, cabeza pequeña (microcefalia), probablemente causada por un crecimiento escaso del cerebro, y un desarrollo anormal del comportamiento. El síndrome alcohólico fetal es la principal causa del retraso mental. Además, el alcohol puede causar problemas que van desde el aborto a graves efectos en la conducta del recién nacido o en el niño en desarrollo, como comportamiento antisocial y déficit de atención. Estos trastornos pueden aparecer incluso aunque el recién nacido no tenga defectos físicos de nacimiento.

El riesgo de aborto espontáneo casi se duplica cuando una mujer consume alcohol durante el embarazo, en especial si bebe mucho. Por lo general, el peso con el que nacen los hijo de madres que consumen alcohol durante la gestación es inferior al normal. El promedio de peso al nacer es de alrededor de 2 kilogramos, comparados con los 3,5 kilogramos del resto de los recién nacidos.

La drogadicción y el abuso de sustancias tóxicas son cada vez más frecuentes en las mujeres embarazadas. Más de cinco millones de personas, muchas de las cuales son mujeres en edad fértil, consumen con regularidad marihuana y cocaína.

La cromatografía es una prueba de laboratorio barata y efectiva que se utiliza para detectar en la orina heroína, morfina, anfetaminas, barbitúricos, codeína, cocaína, marihuana, metadona o fenotiacinas. Las mujeres que se inyectan drogas corren un mayor riesgo de tener anemia, infección de la sangre (bacteriemia) o de las válvulas cardíacas (endocarditis), abscesos cutáneos, hepatitis, flebitis, neumonía, tétanos y enfermedades de transmisión sexual, incluido el SIDA. Alrededor del 75 por ciento de los recién nacidos con SIDA resulta de madres que se inyectaban drogas o ejercían la prostitución. Además estos niños tienen un mayor riesgo de desarrollar otras enfermedades de transmisión sexual, hepatitis e infecciones. Por otro lado, es probable que su crecimiento dentro del útero sea insufuciente y que nazcan prematuramente.

Alrededor del 14 por ciento de las mujeres embarazadas consume marihuana en distintos grados. Su principal ingrediente, el tetrahidrocannabinol (THC), es capaz de atravesar la placenta y, en consecuencia, de afectar al feto. A pesar de que ninguna evidencia específica demuestra que la marihuana cause defectos de nacimiento o retrase el crecimiento del feto en el útero, algunos estudios sugieren que un gran consumo de esta droga produce anomalías de comportamiento en los recién nacidos.

El abuso de cocaína durante el embarazo causa graves problemas tanto para la madre como para el feto y, dado que muchas de las mujeres que consumen cocaína también consumen otras drogas, el problema adquiere una especial gravedad. La cocaína estimula el sistema nervioso central, actúa como anestésico local y reduce el diámetro de los vasos sanguíneos (vasoconstricción). El estrechamiento de los vasos sanguíneos puede reducir el flujo sanguíneo, por lo que el feto no siempre recibe el oxígeno suficiente. Esta reducción puede afectar al crecimiento de varios órganos y frecuentemente provoca trastornos óseos y un estrechamiento anormal de algunos segmentos del intestino. El sistema nervioso y los problemas de comportamiento de los hijos de madres cocainómanas incluyen hiperactividad, temblores incontrolables e importantes trastornos del aprendizaje, que continúan hasta los 5 años o incluso hasta una edad más avanzada.

Si una mujer embarazada presenta repentinamente una presión arterial muy alta (hipertensión aguda), una hemorragia debida al desprendimiento precoz de la placenta (abruptio placentae) o si el recién nacido nace, sin causa aparente, muerto, se analiza su orina en busca de la presencia de cocaína. Entre las mujeres que consumen cocaína durante el embarazo, alrededor del 31 por ciento tiene un parto antes de término, el 19 por ciento tiene un recién nacido con retraso del crecimiento y el 15 por ciento sufre un desprendimiento precoz de la placenta. Si se interrumpe el consumo de cocaína después de los primeros 3 meses de embarazo, los riesgos de tener un parto prematuro y un desprendimiento precoz de la placenta aún siguen siendo altos pero, probablemente, el crecimiento del feto será normal.

Problemas médicos

Si se diagnostica hipertensión por primera vez cuando una mujer está embarazada, el médico puede tener ciertas dificultades en determinar si la causa es el embarazo o algún otro problema. El tratamiento de la hipertensión durante el embarazo es problemático; los beneficios que pueda obtener la madre tienen que ser sopesados con los potenciales riesgos para el feto. Sin embargo, cuando el embarazo se halla en estado muy avanzado, este trastorno puede indicar una grave amenaza para la madre y el feto y se debe instaurar un tratamiento de inmediato.

Si la mujer gestante ha tenido anteriormente una infección de orina, se evalúa una muestra de su orina al inicio del embarazo. Si se detectan bacterias, se administran antibióticos para prevenir una infección renal, ya que ésta se asocia al parto antes de término y a la rotura prematura de las membranas.

Las infecciones bacterianas de la vagina durante el embarazo también pueden derivar en un parto antes de término o en una rotura prematura de las membranas. El tratamiento de la infección con antibióticos reduce la probabilidad de tener estos problemas.

Una enfermedad que provoque fiebre alta (temperatura superior a los 39,5 ºC) en el primer trimestre del embarazo aumenta la probabilidad de sufrir un aborto y de anomalías en el sistema nervioso del recién nacido. La fiebre al final del embarazo aumenta la posibilidad de un parto pretérmino.

Las intervenciones quirúrgicas de urgencia durante el embarazo aumentan el riesgo de un parto pretérmino. Muchas enfermedades, como la apendicitis, un ataque de vesícula biliar y la obstrucción intestinal son difíciles de diagnosticar debido a los cambios normales que se producen en el abdomen durante el embarazo. En consecuencia, cuando se diagnostica una de esas enfermedades, es probable que se encuentre en un estado avanzado, lo que incrementa la morbilidad y la mortalidad.
Complicaciones del embarazo
En general, los embarazos se desarrollan sin problemas y la mayoría de las complicaciones pueden ser tratadas. Las complicaciones incluyen abortos, embarazo ectópico, anemia, incompatibilidad de Rh, problemas con la placenta, vómitos, preeclampsia y eclampsia y erupciones cutáneas, así como parto pretérmino y rotura de membranas. Después de un aborto, la mayoría de las mujeres consigue tener embarazos sin complicaciones.

Aborto y feto muerto

Un aborto (espontáneo) es la pérdida de un feto por causas naturales antes de las 20 semanas de embarazo. En cambio, se denomina feto muerto a la pérdida del mismo por causas naturales después de las 20 semanas de embarazo.

El término aborto hace referencia tanto a un aborto espontáneo como a una interrupción médica del embarazo (aborto provocado).

Un bebé que respira espontáneamente o que presenta latidos cardíacos después del parto es un recién nacido vivo, sea cual sea el momento del embarazo. Si fallece poco después, su muerte recibe el nombre de muerte del recién nacido (neonatal).

Alrededor del 20 al 30 por ciento de las mujeres embarazadas presenta alguna hemorragia o contracciones al menos una vez durante las primeras 20 semanas de embarazo. Cerca de la mitad de estos episodios acaba en un aborto espontáneo.

Alrededor del 85 por ciento de los abortos espontáneos tiene lugar durante las primeras 12 semanas de embarazo y, en general, son debidos a anomalías en el feto. El 15 por ciento restante de abortos se produce durante las semanas 13 a 20; alrededor de dos tercios se deben a problemas de la madre y un tercio a causas desconocidas. Muchos estudios han demostrado que los trastornos emocionales en la madre no tienen relación con los abortos espontáneos.

Síntomas y diagnóstico

Antes de un aborto, la mujer habitualmente sufre pérdidas de sangre poco cuantiosas o tiene una hemorragia más evidente junto a secreción vaginal. El útero se contrae y la mujer siente un dolor similar a los calambres. Si el aborto continúa, la hemorragia, la secreción y los dolores aumentan. Al final, parte o la totalidad del contenido del útero puede ser expulsado.

En las primeras fases de un aborto, la ecografía puede determinar si el feto sigue con vida. Después de la pérdida del feto, esta prueba y otras pueden utilizarse para determinar si la expulsión del contenido del útero ha sido completa.
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Tratamiento

Cuando todo el contenido del útero ha sido expulsado (aborto completo) no se necesita iniciar ningún tratamiento. Por el contrario, cuando sólo se expulsa una parte (aborto incompleto), debe realizarse una dilatación y succión para vaciar el útero.

Si el feto muere pero continúa en el útero (aborto fallido), deben extraerse el feto y la placenta, por lo general, mediante dilatación y succión. Un fármaco, como la oxitocina, que hace que el útero se contraiga y expulse su contenido, puede administrarse para tratar los abortos fallidos tardíos.

Si se produce una hemorragia y contracciones dolorosas durante las primeras 20 semanas de embarazo (amenaza de aborto), se aconseja reposo en cama, porque suele mejorar los síntomas. En la medida de lo posible, la mujer no debería trabajar ni permanecer de pie en casa. Debería evitarse el coito, a pesar de que no se ha demostrado una clara relación con los abortos espontáneos. No se administran hormonas porque casi siempre son ineficaces y pueden causar defectos congénitos, sobre todo del corazón o de los órganos reproductores. Por ejemplo, la exposición en esta etapa del desarrollo de un feto femenino al dietilestilbestrol (DES), una hormona sintética, se asocia a cáncer vaginal.

La amenaza de aborto puede deberse a que el cuello uterino se dilate prematuramente debido a la debilidad del tejido fibroso. En ocasiones, la apertura cervical se cierra quirúrgicamente (cerclaje) con una sutura que se retira justo antes del parto.

Un aborto séptico es una infección muy grave. El contenido del útero debe eliminarse de inmediato y es necesario tratar la infección con dosis altas de antibióticos.
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Embarazo ectópico

Un embarazo ectópico (fuera de lugar) es aquel en que el feto se desarrolla fuera del útero, ya sea en la trompa de Falopio, en el canal cervical o en la cavidad pélvica o abdominal.
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Normalmente, el ovario libera un óvulo que es absorbido hacia la apertura de una de las trompas de Falopio, donde es impulsado por diminutos cilios similares a pelos hasta que varios días después llega al útero. Normalmente, la fecundación del óvulo se efectúa en la trompa de Falopio, pero la implantación tiene lugar en el útero. Sin embargo, si la trompa se obstruye (por ejemplo, debido a una infección previa), el óvulo puede desplazarse lentamente o incluso quedar atascado. El óvulo fecundado quizá nunca llegue al útero y, en consecuencia, se produce un embarazo ectópico.

Localizaciones del embarazo ectópico

Uno de cada 100 o 200 embarazos es ectópico. Por motivos no desmasiado claros, cada vez resultan más frecuentes. Son factores de riesgo una enfermedad en la trompa de Falopio, un embarazo ectópico previo, la exposición fetal al dietilestilbestrol o una ligadura de trompas fallida (un procedimiento de esterilización en el que se corta u obstruye la trompa de Falopio). Los embarazos ectópicos son menos frecuentes entre las mujeres de raza blanca. En los raros casos en que una mujer queda embarazada con un dispositivo intrauterino (DIU) colocado, el riesgo de tener un embarazo ectópico es elevado.

Por lo general, los embarazos ectópicos se desarrollan en una de las de las trompas de Falopio (embarazo tubárico). Son inhabituales los embarazos en el canal cervical, en el ovario o en la cavidad abdominal o pélvica. Un embarazo ectópico constituye un riesgo para la vida y debe ser extirpado lo antes posible. Según algunas estadísticas, 1 de cada 826 mujeres con embarazos ectópicos muere por complicaciones.
Síntomas

Los síntomas de un embarazo ectópico son pequeñas pérdidas de sangre por la vagina y dolores abdominales como los calambres, todo ello asociado habitualmente a un retraso de la menstruación. Estos síntomas se deben a que una vez se produce la muerte del feto, el revestimiento uterino se expulsa como en un período menstrual normal.

Si el feto muere en una fase precoz, no se producen lesiones en la trompa de Falopio. Si sigue creciendo, no obstante, pueden desgarrarse las paredes de la trompa y producirse una hemorragia. Si ésta es gradual, causa dolor y a veces una sensación de presión en la parte inferior del abdomen debido a la acumulación de sangre. Si la hemorragia es rápida, pude provocar una reducción grave de la presión arterial e incluso un shock. Típicamente, alrededor de las 6 u 8 semanas, se siente un dolor agudo e intenso en la parte inferior del abdomen, seguido de un desvanecimiento. Estos síntomas habitualmente indican que la trompa se ha roto y, en consecuencia, que se ha producido una hemorragia masiva dentro del abdomen.

En ocasiones, un embarazo ectópico se desarrolla en parte dentro de la trompa y en parte dentro del útero. En este caso aparecen dolores abdominales como calambres y pérdidas hemáticas frecuentes. En esta localización el feto cuenta con más lugar para crecer, por lo que la rotura se produce más tarde, en general entre las 12 y las 16 semanas de embarazo. Esta rotura puede ser catastrófica, todavía con una mayor tasa de mortalidad asociada.

Diagnóstico y tratamiento

El embarazo ectópico puede sospecharse cuando los análisis de sangre y de orina dan un resultado positivo de embarazo pero el útero es más pequeño de lo esperado en relación con la edad gestacional. La ecografía puede demostrar que el útero está vacío y que hay sangre en la cavidad pélvica o abdominal. Así mismo, el médico puede emplear un laparoscopio (un tubo de fibra óptica que se introduce por una pequeña incisión en el abdomen) para visualizar el embarazo ectópico directamente.

Para ayudar a confirmar el diagnóstico, se puede introducir una aguja atravesando la pared de la vagina hasta llegar a la cavidad pélvica y extraer la sangre acumulada debido a la hemorragia del embarazo ectópico (este procedimiento se llama culdocentesis). A diferencia de la sangre de una vena o una arteria, esta sangre tiene la peculiaridad de no coagular.

Por lo general, un embarazo ectópico debe ser extirpado quirúrgicamente. Cuando se encuentra en una trompa de Falopio, habitualmente se practica una incisión dentro de la trompa para extraer el feto y la placenta. La trompa se deja abierta para que sane sin dejar cicatrices que podrían dificultar todavía más una futura concepción. En ciertos casos, este procedimiento puede realizarse con un laparoscopio. En raras ocasiones, las lesiones de la trompa son tan graves que no puede repararse y es necesario extirparla.

Para tratar un embarazo tubárico en su fase inicial en el que no existe evidencia de latido cardíaco del feto, también puede utilizarse la administración de metotrexato, en lugar de una intervención quirúrgica.

Anemias

Las anemias son trastornos en los que el número de glóbulos rojos (eritrocitos) o la cantidad de hemoglobina (la proteína que transporta oxígeno) que éstos contienen se encuentra por debajo de los valores normales.

El volumen de sangre aumenta durante el embarazo, por lo que una disminución moderada en la concentración de eritrocitos y hemoglobina (hemodilución) es normal.

Como la madre debe producir sangre tanto para el feto como para ella misma, durante la gestación se precisa de un mayor aporte de hierro para producir glóbulos rojos. Por ello, el tipo más frecuente de anemia durante el embarazo es la anemia por deficencia de hierro que, por lo general, se debe a una inadecuada cantidad de este elemento en la dieta. Sin embargo, puede deberse a una deficiencia de hierro ya existente provocada por la pérdida de hierro por las menstruaciones o por un embarazo previo. Con menos frecuencia, la anemia es consecuencia de una dieta deficiente en ácido fólico (folato), una vitamina B que también es necesaria para producir glóbulos rojos.

Diagnóstico y tratamiento

El diagnóstico se basa en los análisis de sangre que determinan la cantidad de eritrocitos, los valores de hemoglobina y los de hierro.

La anemia provocada por una deficiencia de hierro se trata con comprimidos de hierro. Este suplemento de hierro no supone ningún riesgo para el feto pero puede causar malestar en el estómago y estreñimiento en la madre, sobre todo si la dosis es alta. A pesar de que no se ha demostrado que todas las mujeres embarazadas deban tomar suplementos de hierro, a la mayoría de las gestantes se les aconseja tomarlos, incluso si su cantidad de eritrocitos y los niveles de hemoglobina son normales, para asegurar que el aporte de hierro sea suficiente para ellas y para el feto a medida que avance el embarazo. La anemia causada por deficiencia de ácido fólico se trata con comprimidos de folato. Para las pacientes con anemia drepanocítica (una enfermedad hereditaria en la que la hemoglobina es anormal), el tratamiento es motivo de controversia; en ciertos casos, es necesario realizar transfusiones de sangre.

Incompatibilidad de Rh

La incompatibilidad de Rh es la incompatibilidad del grupo Rh entre la sangre de la madre y de su feto.

Como resultado de esta anomalía, la mujer puede producir anticuerpos contra los glóbulos rojos (eritrocitos) del feto. Estos anticuerpos ocasionan la destrucción de un número más o menos importante de estas células, produciendo en ocasiones la denominada enfermedad hemolítica del recién nacido, una variedad de anemia.

El grupo sanguíneo de una persona es un conjunto de moléculas localizadas sobre la superficie de los eritrocitos que los identifican como específicos de cada individuo. El grupo sanguíneo Rh incluye algunas de estas moléculas. Una de ellas, la Rh0 (D), suele causar los problemas de incompatibilidad de Rh. Si los hematíes tienen moléculas Rh0 (D), la sangre es Rh-positivo; si no las tienen, la sangre es Rh-negativo.

Los problemas aparecen cuando la madre es Rh-negativo y el feto tiene sangre Rh-positivo que ha heredado de un padre Rh-positivo. Parte de la sangre fetal puede entrar en contacto con la sangre materna a través de la placenta, sobre todo en los últimos días de embarazo y durante el parto. Si ello sucede, el organismo de la madre puede tratar los glóbulos rojos del feto como elementos extraños y producir anticuerpos para destruirlos (anticuerpos anti-Rh). Los valores de estos anticuerpos de la madre se elevan a lo largo de todo el embarazo y pueden atravesar la placenta y llegar al feto, donde pueden destruir parte de sus eritrocitos. Como resultado, puede desarrollarse la enfermedad hemolítica en el feto (eritroblastosis fetal) o en el recién nacido (eritroblastosis neonatal). No obstante, durante un primer embarazo, rara vez surgen estos problemas porque, por lo general, no se produce un contacto significativo entre la sangre del feto y la de la madre hasta el momento del parto. Sin embargo, en cada embarazo subsiguiente, la madre se sensibiliza cada vez más frente a la sangre Rh-positivo y produce anticuerpos cada vez con mayor antelación.

La destrucción de los glóbulos rojos del feto puede ocasionar anemia e incrementar los valores de bilirrubina en la sangre (un producto de desecho proveniente de la destrucción de los eritrocitos); si los valores de la bilirrubina son demasiado altos, puede lesionarse el cerebro del feto.

Entre las personas de raza blanca de ciertos países occidentales, el 85 por ciento es Rh-positivo y en alrededor del 13 por ciento de los matrimonios, el varón es Rh-positivo y la mujer Rh-negativo. En estos casos, 1 recién nacido de cada 27 desarrolla la enfermedad hemolítica.

Prevención y tratamiento

En su primera visita al médico durante un embarazo, éste hace una revisión a la mujer para determinar su tipo y grupo sanguíneo. Si es Rh-negativo, se determina el tipo de sangre del padre; si éste es Rh-positivo, se miden los valores de anticuerpos anti-Rh en la madre.

Durante el parto se puede producir un contacto entre la sangre materna y la fetal, lo que puede ocasionar que la madre produzca anticuerpos. Por este motivo, y a modo de precaución, se inyectan anticuerpos anti-Rh en la madre Rh-negativo, en la forma de globulina inmune Rh0(D), en las 72 horas posteriores al parto de un bebé que tiene sangre Rhpositiva, incluso después de un aborto espontáneo o provocado. Este tratamiento destruye cualquier célula fetal que pueda sensibilizar a la madre, gracias a lo cual los embarazos posteriores no suelen ser peligrosos. No obstante, en alrededor del 1 al 2 por ciento de los casos, la inyección no evita la sensibilización, presumiblemente porque la madre fue sensibilizada al principio del embarazo. Para evitar la sensibilización precoz de una madre cuya sangre es Rh-negativa, se aplica una inyección de anticuerpos anti-Rh a las 28 semanas de embarazo así como después del parto.

Si se realizan mediciones periódicas de los cambios en los valores de anticuerpos anti-Rh en la madre, el médico puede anticipar si el bebé va a tener problemas potenciales. Si los niveles de anticuerpos anti-Rh de la madre se elevan demasiado durante el embarazo, puede realizarse una amniocentesis. Para ello se inserta una aguja a través de la piel para obtener una muestra de líquido del saco amniótico, que rodea al feto dentro del útero. A continuación, se procede a medir los valores de bilirrubina en la muestra de este líquido y, si son demasiado altos, se administra al feto una transfusión intrauterina. Cada 10 a 14 días se realizan nuevas transfusiones adicionales hasta alrededor de las 32 a 34 semanas de embarazo, momento en el cual se suele provocar el parto. En general, después de nacer se efectúan una o más transfusiones al recién nacido, en casos menos graves, no se realizan transfusiones hasta después del alumbramiento.

Abruptio placentae

La abruptio placentae es el desprendimiento prematuro de la pared uterina de una placenta en posición normal, que se produce durante el embarazo en lugar de después del parto.

La placenta puede desprenderse de forma incompleta (4 veces sólo del 10 al 20 por ciento), o completa. La causa es desconocida. El desprendimiento tiene lugar entre un 0,4 y un 3,5 por ciento de todos los partos. Las mujeres que tienen una presión arterial elevada, alguna enfermedad cardíaca, diabetes o una enfermedad reumatoide, así como las mujeres que consumen cocaína, tienen más probabilidades de desarrollar esta complicación.

Síntomas y diagnóstico

Se produce una hemorragia en el útero por el punto de inserción de la placenta. La sangre puede pasar a través del cuello uterino y salir por la vagina (hemorragia externa) o bien puede quedarse retenida detrás de la placenta (hemorragia oculta). Los síntomas dependen del grado de desprendimiento y de la cantidad de sangre que se pierda e incluyen hemorragia vaginal, dolor abdominal repentino, continuo o en forma de calambres y dolor al presionar el abdomen. El diagnóstico habitualmente se confirma con una ecografía.

El desprendimiento reduce el suministro de oxígeno y de nutrientes al feto e incluso puede causar su muerte. En cuanto a la madre, las complicaciones incluyen una hemorragia potencialmente grave, coagulación diseminada en el interior de los vasos sanguíneos (coagulación intravascular diseminada), insuficiencia renal y hemorragia en la pared del útero. Estas complicaciones son mucho más frecuentes en una gestante con preeclampsia y pueden indicar sufrimiento o muerte fetal.

Tratamiento

Una vez que se ha establecido el diagnóstico, la mujer debe ser hospitalizada. El tratamiento habitual es reposo en cama, a menos que la pérdida de sangre represente una amenaza para la vida, exista sufrimiento fetal o el embarazo esté próximo a finalizar. El reposo prolongado puede disminuir la hemorragia y si los síntomas se atenúan, se anima a la mujer a caminar un poco e incluso se le puede dar de alta. Por el contrario, si la hemorragia continúa o empeora lo mejor tanto para la madre como para el feto es acelerar el parto. Si el parto vaginal no es posible, se realiza una cesárea.

Placenta previa

La placenta previa es la implantación de la placenta en el cuello del útero (la parte interior del útero) o cerca del mismo.

Dentro del útero, la placenta puede cubrir el orificio cervical de forma completa o parcial. La placenta previa tiene lugar en 1 de cada 200 partos, por lo general, en mujeres que han tenido más de un embarazo o presentan anomalías en el útero, como fibromas.
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Problemas con la placenta
Normalmente, la placenta se localiza en la parte superior del útero y está firmemente unida a la pared uterina. En el desprendimiento de placenta, ésta se desprende de la pared uterina de forma prematura y provoca una hemorragia uterina que reduce el suministro de sangre y nutrientes del feto. Una mujer que presenta este trastorno debe ser hospitalizada, porque el parto puede ser prematuro. En la placenta previa, la placenta se localiza sobre o cerca del cuello uterino, en la parte inferior del útero. Los síntomas incluyen una hemorragia indolora que comienza al final del embarazo y que puede intensificarse. El parto suele ser por cesárea.
El primer síntoma es una hemorragia vaginal repentina e indolora en las últimas etapas del embarazo, que puede tornarse profusa; la sangre puede ser de color rojo intenso. La ecografía es útil a efectos diagnósticos y para diferenciar una placenta previa de una que se ha desprendido prematuramente (abruptio placentae).

Tratamiento

Cuando la hemorragia es profusa, pueden necesitarse varias transfusiones de sangre. Si la pérdida de sangre es poco importante y el nacimiento no es inminente, habitualmente se recomienda el reposo en cama. En caso de que la hemorragia se detenga, se pide a la mujer que empiece a caminar. Si la hemorragia no se repite, por lo general se la da de alta, siempre y cuando le sea fácil acudir de nuevo al hospital en caso necesario. Casi siempre se realiza una cesárea, porque si se deja que llegue el parto, la placenta tiende a desprenderse con mucha anticipación y eso puede impedir el suministro de oxígeno al feto. Además, la madre puede sufrir una hemorragia masiva.

Vómitos excesivos

El exceso de vómitos durante el embarazo (hiperemesis gravídica), a diferencia del habitual malestar de las mañanas, es la presencia de náuseas y vómitos extremadamente graves que causan deshidratación e inanición.

Se desconoce la causa de los vómitos, pero los factores psicológicos pueden desencadenarlos o emperorarlos. La mujer con hiperemesis gravídica pierde peso y se deshidrata; por consiguiente, si una mujer siente malestar por las mañanas pero gana peso y no se deshidrata, no tiene una hiperemesis gravídica.

La deshidratación puede provocar peligrosas alteraciones en los valores de electrólitos en la sangre y, en consecuencia, acidosis. Cuando los vómitos son persistentes, el hígado puede lesionarse, llegando en ocasiones a romperse y sangrar. Otra grave complicación es la hemorragia en la retina de los ojos (retinitis hemorrágica), causada por el incremento de la presión arterial durante los vómitos.

Tratamiento

Debido a que la hiperemesis gravídica es un riesgo tanto para la vida de la mujer como para la de su recién nacido, es necesaria la hospitalización y la administración de líquidos, de glucosa (un azúcar simple), de electrólitos y, en ocasiones, de vitaminas por vía intravenosa. No debe comer ni beber nada durante 24 horas; si resulta necesario, se le administran fármacos contra las náuseas y sedantes. Una vez que se han corregido la deshidratación y los vómitos, puede empezar a tomar pequeñas cantidades de alimentos blandos, cada poco tiempo. A medida que la mujer tolera más comida, se aumenta la cantidad de las porciones. Por lo general, los vómitos desaparecen en pocos días. Si los síntomas recurren, se repite el tratamiento.

Preeclampsia y eclampsia

La preeclampsia se caracteriza por presión arterial elevada (hipertensión) acompañada de la eliminación de proteínas por la orina (proteinuria) o de retención de líquidos (edema) que se desarrolla entre la semana 20.ª del embarazo y el final de la primera semana después del parto. La eclampsia es una forma de preeclampsia más grave que provoca convulsiones o coma.

La preeclampsia se produce en un 5 por ciento de las mujeres embarazadas. Es más frecuente en los primeros embarazos y en las mujeres que ya tienen la presión arterial elevada o sufren un trastorno en los vasos sanguíneos. La eclampsia se desarrolla en 1 de cada 200 mujeres que tienen preeclampsia y, por lo general, es mortal, a menos que sea tratada con rapidez. No obstante, se desconocen las causas de la preeclampsia y la eclampsia. El riesgo más importante de la preeclampsia es el desprendimiento prematuro de la placenta de la pared uterina.

En la preeclampsia, la presión arterial es superior a 140/90 mm Hg, aparece edema en la cara o las manos y se detectan valores anormalmente altos de proteínas en la orina. Una mujer cuya presión arterial aumenta notablemente pero permanece por debajo de los 140/90 mm Hg durante el embarazo, también se considera que tiene preeclampsia.

Los recién nacidos de mujeres preeclámpsicas tienen de cuatro a cinco veces más probabilidades de tener problemas poco después del parto que los de mujeres que no presentan esta enfermedad. Los recién nacidos pueden ser pequeños porque la placenta funciona mal o porque son prematuros.

Tratamiento

A diferencia de la presión arterial elevada (hipertensión), la preeclampsia y la eclampsia no responden a los diuréticos (fármacos que eliminan el exceso de líquido) ni a las dietas de bajo contenido en sal. A la mujer se le indica que consuma una cantidad normal de sal y que beba más agua; el reposo en cama es importante. Por lo general, también se le indica que se tumbe sobre el lado izquierdo, puesto que así se ejerce menos presión sobre la gran vena del abdomen (vena cava inferior), que devuelve la sangre al corazón, y mejora el flujo sanguíneo. En ciertos casos, se puede administrar sulfato de magnesio por vía intravenosa para hacer descender la presión arterial y evitar las convulsiones.

En caso de preeclampsia leve, el reposo en cama puede ser suficiente, pero la mujer debería visitar a su médico cada 2 días. Si no mejora con rapidez, debe ser hospitalizada y, si el problema continúa, se provoca el parto lo antes posible.

Una mujer que presenta preeclampsia grave debe ser hospitalizada y permanecer en cama. El hecho de administrar líquidos y sulfato de magnesio por vía intravenosa con frecuencia alivia los síntomas. En 4 a 6 horas, la presión arterial suele bajar hasta alcanzar valores normales y se puede proceder al parto sin correr ningún riesgo. Si la presión arterial sigue alta, se administran más fármacos antes de intentar provocar el parto.

Una importante complicación de la preeclampsia y la eclampsia graves es el síndrome de HELLP, que consiste en lo siguiente:

- Hemólisis (destrucción de glóbulos rojos)

- Elevación de las enzimas hepáticas (liver), que indican lesión hepática.

- Bajo (low, en inglés) recuento de plaquetas, lo que indica una deficiente capacidad de coagulación de la sangre (un problema potencialmente grave durante y después del parto).

El síndrome HELLP es más probable que aparezca cuando se retrasa la instauración del tratamiento de la preeclampsia. Si aparece el síndrome, se debe llevar a cabo una cesárea, el método más rápido disponible, a menos que el cuello uterino esté lo bastante dilatado como para permitir un rápido nacimiento por la vagina.

Después del alumbramiento, se controla a la mujer exhaustivamente para detectar signos de eclampsia. Una cuarta parte de los casos de eclampsia tiene lugar después del parto, en general en los primeros 2 a 4 días. A medida que el estado de la mujer mejora de forma gradual, se la anima a caminar un poco; así mismo, se le puede administrar un sedante suave para controlar la presión arterial. La hospitalización puede durar entre unos pocos días a algunas semanas, según la gravedad de la enfermedad y sus complicaciones. Incluso, tras haber sido dada de alta, es posible que la mujer tenga que tomar fármacos para reducir la presión arterial. Por lo general, debe acudir al médico al menos cada 2 semanas durante los primeros meses después del parto. Su presión arterial todavía puede permanecer elevada entre 6 y 8 semanas, pero si persiste alta durante más tiempo, quizá su causa se deba a otro trastorno y no a la preeclampsia.

Erupciones cutáneas

Algunas erupciones cutáneas ocurren sólo durante el embarazo. Entre ellas se encuentra el herpes gestacional y la urticaria del embarazo.

Herpes gestacional

El herpes gestacional es un exantema que se produce durante el embarazo que está formado por ampollas llenas de líquido y que provoca un intenso picor.

El término herpes es confuso, porque el exantema no está causado por el herpesvirus ni por ningún otro virus. Se cree que la causa del herpes gestacional son ciertos anticuerpos anormales que reaccionan contra los tejidos del propio cuerpo (una reacción autoinmune). Este exantema poco frecuente puede aparecer en cualquier momento después de las 12 semanas de embarazo o inmediatamente después del parto.

La erupción es pruriginosa (provoca picor) y, habitualmente, se acompaña de pequeñas vesículas llenas de líquido (vesículas) y de otras formaciones más grandes, de formas irregulares y también llenas de líquido (ampollas). Suele comenzar en el abdomen, pero en seguida se extiende y, en ocasiones, abarca una zona con forma de anillo, con ampollas alrededor de su borde externo. Típicamente empeora poco después del parto y desaparece en pocas semanas o meses. A menudo reaparece en los embarazos siguientes o con el uso de anticonceptivos orales. El recién nacido puede presentar una erupción similar, que suele desaparecer a las pocas semanas sin tratamiento alguno.

Para confirmar el diagnóstico, se extirpa una diminuta porción de la piel afectada y se envía a un laboratorio para determinar la presencia de anticuerpos.

El objetivo del tratamiento es aliviar el intenso picor y evitar que se formen nuevas ampollas. En un exantema leve, suele ser de utilidad aplicar con frecuencia una crema con corticosteroides sobre la piel afectada. En caso de erupciones más extendidas, los corticosteroides se administran por vía oral. La administración de corticosteroides cuando el embarazo está avanzado no parece perjudicar al feto. Si el picor aumenta o el exantema se extiende después del parto, puede ser necesario aplicar una dosis más alta de corticosteroides.

Urticaria del embarazo

La urticaria del embarazo es un exantema habitual durante el embarazo que produce un picor intenso.

Su causa es desconocida. En el abdomen aparecen manchas intensamente pruriginosas (producen picor), de color rojo, irregulares, planas o ligeramente abultadas (a veces con diminutas ampollas llenas de líquido en el centro) de forma similar a un enjambre. La erupción se extiende hacia los muslos, las nalgas y en ocasiones, hasta los brazos. Pueden aparecer cientos de manchas que producen intenso picor y, a menudo, la piel que las rodea tiene un aspecto pálido. Habitualmente, aparece durante las últimas 2 o 3 semanas de embarazo y en ocasiones durante los últimos días; sin embargo, es posible que aparezca en cualquier momento a partir de la semana 24.ª de embarazo. El picor es tan molesto que impide conciliar el sueño por la noche. En general, desaparece poco después del parto y no suele recidivar en embarazos siguientes.

No existe una prueba específica para este exantema, por lo que el médico puede tener dificultades para hacer un diagnóstico definitivo.

El picor y la erupción suelen desaparecer en 2 a 4 días tras la aplicación frecuente de una crema con corticosteroides. En ciertos casos, si la erupción es más grave, los corticosteroides se administran por vía oral; estos fármacos no parecen ser perjudiciales para el feto cuando se toman al final del embarazo.
Enfermedades: complican el embarazo
1-Cardiopatías,Enfermedad reumática del corazón,Cardiopatías congénitas,Prolapso de la válvula mitral,Anemias,Enfermedad renal,Diabetes,Enfermedades de la glándula tiroides,Enfermedades del hígado,Lupus eritematoso sistémico,Artritis reumatoide,Miastenia grave,Púrpura trombocitopénica idiopática,
2-fármacos durante el embarazo ...
Enfermedades que pueden complicar el embarazo

Las enfermedades que afectan al corazón o a los riñones, las anemias, las infecciones y la diabetes pueden causar complicaciones durante el embarazo, tanto a la mujer como al feto.

Cardiopatías

En los países desarrollados, las enfermedades del corazón son cada vez menos frecuentes en las mujeres en edad fértil, principalmente debido a un marcado descenso de los casos de fiebre reumática, una enfermedad que se sufre en la infancia y que lesiona el corazón. Alrededor del uno por ciento de las mujeres que tienen una enfermedad cardíaca grave antes de quedar embarazadas mueren como resultado del embarazo, por lo general, debido a una insuficiencia cardíaca. Sin embargo, gracias a la mejora de los procedimientos diagnósticos y de los tratamientos, la mayoría de mujeres con enfermedades cardíacas pueden dar a luz normalmente y los recién nacidos están sanos. En estas mujeres, el hecho de tener un hijo no tiene por qué afectar permanentemente a la función cardíaca o reducir su esperanza de vida.

Los cambios normales que se producen en la circulación sanguínea durante el embarazo representan un esfuerzo adicional para el corazón, por lo que una mujer que está embarazada o considera la posibilidad de estarlo debería comunicar a su médico si tiene o ha tenido alguna vez una enfermedad del corazón.

El embarazo complica aún más el diagnóstico de una enfermedad cardíaca, porque el volumen de sangre aumenta y provoca soplos (sonidos causados por el repentino y turbulento paso de la sangre por el corazón) que pueden sugerir un trastorno cardíaco, incluso cuando no exista ninguno. Además, las venas se dilatan, aumenta la frecuencia cardíaca y el corazón tiene un aspecto diferente en las radiografías.

Insuficiencia cardíaca

La insuficiencia cardíaca es la incapacidad del corazón de bombear la cantidad de sangre necesaria para el organismo.

A medida que avanza el embarazo, una mujer con insuficiencia cardíaca se siente cada vez más cansada, incluso aunque descanse lo suficiente, evite el estrés, tome alimentos nutritivos, y suplementos de hierro para evitar la anemia y controle su peso. Los momentos especialmente preocupantes, en los que las demandas del corazón son mayores, se encuentran entre las semanas 28 y 34 de embarazo, durante el parto e inmediatamente después del mismo. La enfermedad cardíaca de la madre puede afectar al feto; de hecho, el feto puede morir durante un episodio de insuficiencia cardíaca de la madre, o bien puede nacer antes de término (prematuramente).

El trabajo durante el parto y la mayor cantidad de sangre que retorna al corazón procedente del útero cuando se contrae incrementan en gran medida el esfuerzo que debe hacer el corazón. Durante cada contracción uterina, el corazón bombea alrededor de un 20 por ciento más de sangre. Una mujer que tenga una grave insuficiencia cardíaca puede recibir anestesia epidural para desensibilizar la parte inferior de la médula espinal y evitar que así haga esfuerzos durante el parto. Los esfuerzos de expulsión interrumpen transitoriamente la absorción de oxígeno en los pulmones de la madre y, en consecuencia, reducen el suministro de oxígeno al feto. El recién nacido nace mediante fórceps o por cesárea. El nacimiento por fórceps acarrea un menor riesgo para la madre que una cesárea, a pesar de que existen más probabilidades de lesión en el recién nacido; si se producen, estas lesiones, en general, son poco importantes.

Después del parto, se producen grandes variaciones en la función cardíaca de la madre, como resultado de un nuevo cambio en las demandas. Una mujer que ha tenido insuficiencia cardíaca no se encuentra fuera de peligro al menos hasta 6 meses después.

Enfermedad reumática del corazón

La enfermedad reumática del corazón es una complicación frecuente de la fiebre reumática en la que una o más válvulas cardíacas se estrechan, en particular, la válvula mitral (estenosis mitral).

Los problemas causados por un estrechamiento de las válvulas del corazón empeoran durante el embarazo. Durante éste, la válvula estrecha debe soportar la presión de un aumento de la frecuencia cardíaca, el incremento del volumen de la sangre y la sobrecarga a que está sometido el corazón. Como resultado, cierta cantidad de líquido puede estancarse en los pulmones y causar edema pulmonar (que es la complicación más peligrosa de la estenosis mitral).

Cualquier mujer con una grave cardiopatía reumática debería someterse a una intervención quirúrgica para reparar la válvula mitral antes de quedar embarazada. En caso necesario, esta cirugía puede realizarse durante el embarazo, pero las intervenciones a corazón abierto aumentan el riesgo de perder el feto o de dar a luz prematuramente.

Durante el embarazo, la mujer debería limitar su actividad física y evitar la fatiga y la ansiedad. El mejor momento para el parto es la fecha estimada del alumbramiento o unos pocos días antes. Debido a que las válvulas lesionadas por la enfermedad reumática son más susceptibles a las infecciones, se administran antibióticos como medida preventiva durante el parto, 8 horas después de cualquier situación que aumente el riesgo de infección, como una intervención dental o la rotura prematura de las membranas que rodean al feto. Estas infecciones son muy graves.

Cardiopatías congénitas

La mayoría de mujeres con defectos congénitos del corazón (cardiopatías congénitas) pero que no ha tenido síntomas antes del embarazo no tiene un riesgo mayor de complicación durante el mismo. Sin embargo, las mujeres que tienen ciertos trastornos que afectan al lado derecho del corazón y a los pulmones, como el síndrome de Eisenmenger y la hipertensión pulmonar primaria, corren el riesgo de sufrir un colapso y morir durante el parto o poco después de éste. La causa de la muerte es poco clara, pero el riesgo es lo bastante importante como para desaconsejar el embarazo. Si una mujer con alguno de estos trastornos queda embarazada, el parto debe realizarse en las mejores condiciones posibles y con el equipo completo de reanimación preparado. Se pueden administrar antibióticos para evitar la infección de las válvulas cardíacas anormales. El aborto espontáneo o inducido después de las 20 semanas de embarazo también resulta peligroso para estas mujeres.

Prolapso de la válvula mitral

En el prolapso de la válvula mitral, las valvas de esta válvula protruyen dentro de la aurícula izquierda durante la contracción ventricular y, en consecuencia, se escapan (regurgitación) pequeñas cantidades de sangre hacia la aurícula.

El prolapso de válvula mitral es más frecuente en las mujeres jóvenes y tiende a ser hereditario. Los síntomas consisten en la presencia de un soplo cardíaco, conciencia del latido cardíaco (palpitaciones) y, en ocasiones, un ritmo cardíaco irregular (arritmia). La mayoría de las mujeres que presentan este trastorno no tiene complicaciones durante el embarazo pero, por lo general, se les administran antibióticos por vía intravenosa durante el parto para evitar una infección de las válvulas del corazón.

Hipertensión arterial

La presión arterial elevada (hipertensión) puede estar presente antes del embarazo pero, en un pequeño porcentaje de casos, se desarrolla durante el mismo.

Si una mujer tiene una presión arterial ligeramente alta (de 140/90 a 150/100 mm Hg) y está intentando quedar embarazada o descubre que ya lo está, habitualmente, su médico suspende el tratamiento farmacológico que está siguiendo para bajar la presión arterial (fármacos antihipertensores). El motivo de esta interrupción es que el riesgo de que los fármacos aumenten la morbilidad y la mortalidad del feto es mayor que el posible beneficio que obtenga la madre. La mujer puede tener que restringir el consumo de sal y reducir la actividad física para ayudar a controlar su presión arterial.

En caso de que la presión arterial sea moderadamente alta (de 150/90 a 180/110 mm Hg), en general debe continuar tomando los fármacos antihipertensores. Sin embargo, algunos de los fármacos que son seguros para la mujer pueden lesionar al feto. Los fármacos antihipertensores que, en general, se prefieren para una mujer gestante son la metildopa y la hidralazina. Por otro lado, los fármacos que reducen la presión arterial eliminando el exceso de agua del organismo (diuréticos) reducen el volumen de sangre de la mujer embarazada y pueden inhibir el crecimiento fetal. Si una mujer ha estado tomando un diurético para hacer descender su presión arterial, habitualmente se reemplaza con metildopa en cuanto se detecta el embarazo. Si es necesario, se añade hidralazina. Cada mes, es necesario realizar un análisis para conocer el funcionamiento renal, y el crecimiento del feto se controla con ecografías. En general, el médico provoca el parto a las 38 semanas de embarazo.

Las mujeres embarazadas con una hipertensión arterial grave (más de 180/110 mm Hg) necesitan cuidados especiales. El embarazo puede empeorar en gran medida la hipertensión y provocar hinchazón del cerebro, hemorragia cerebral, insuficiencia renal, insuficiencia cardíaca e incluso la muerte. El desprendimiento prematuro de la placenta de la pared uterina (abruptio placentae) es más frecuente en estas mujeres; con el desprendimiento, el suministro de oxígeno y de nutrientes que recibe el feto se interrumpe y éste puede morir. Aunque la placenta no se desprenda, la hipertensión puede reducir el suministro de sangre que recibe la placenta y retardar el crecimiento fetal. Si la mujer desea continuar el embarazo, se deben administrar fármacos más potentes que reduzcan su presión arterial. En general, se la hospitaliza durante la segunda mitad (o incluso más) del embarazo para protegerla a ella y también al feto. Si su estado empeora, puede que deba recomendarse la interrupción del embarazo para salvar su vida.

Anemias

Las anemias son trastornos en los que el número de glóbulos rojos o la cantidad de hemoglobina (la proteína que transporta oxígeno) que contienen son inferiores a lo normal.

La mayoría de las mujeres embarazadas tiene algún grado de anemia que no resulta perjudicial. No obstante, las anemias provocadas por anomalías hereditarias en la hemoglobina pueden complicar el embarazo, ya que aumentan el riesgo de enfermedades e incluso de muerte del recién nacido y la posibilidad de que aparezcan enfermedades en la madre. De forma periódica, antes del parto, se llevan a cabo pruebas de sangre que detectan anomalías en la hemoglobina en las mujeres cuyo origen étnico o cuya historia familiar indica que tienen más probabilidades de presentar estas anomalías. Para detectar anomalías en la hemoglobina del feto puede realizarse un estudio de las vellosidades coriónicas o una amniocentesis.

Las mujeres que padecen drepanocitosis, una anomalía de la hemoglobina muy frecuente, son especialmente propensas a desarrollar infecciones durante el embarazo. La neumonía, las infecciones de las vías urinarias y las infecciones del útero son las más frecuentes. Alrededor de un tercio de las mujeres gestantes con drepanocitosis desarrolla hiperetensión durante el embarazo. La crisis drepanocítica (un repentino y grave episodio de dolor con un empeoramiento de la anemia) es una situación bastante frecuente en esta enfermedad. También pueden producirse una insuficiencia cardíaca y lesiones pulmonares provocadas por pequeños coágulos en los vasos sanguíneos (embolia pulmonar), con riesgo de muerte. Cuanto más grave sea la enfermedad antes del embarazo, mayor es el riesgo de enfermar o de fallecer durante el embarazo.

La realización de transfusiones de sangre regularmente para mantener los valores de hemoglobina, así como la utilización de otros tratamientos reducen el riesgo de complicaciones.

Enfermedad renal

Una mujer aquejada de una enfermedad de los riñones grave antes de quedar embarazada tiene pocas probabilidades de llevar un embarazo a término. Sin embargo, algunas mujeres que se someten a diálisis con regularidad debido a una insuficiencia renal y muchas de las que han recibido trasplantes de riñón han dado a luz a recién nacidos sanos.

Las mujeres embarazadas que padecen un trastorno hepático suelen necesitar atención de un especialista en riñón (nefrólogo) así como de un obstetra. Se llevan a cabo controles sistemáticos de la función renal, la presión arterial y el peso. Se restringe el consumo de sal. La administración de diuréticos ayuda a controlar la presión arterial y la excesiva retención de agua (edema). Debido a que puede ser necesario provocar el parto anticipadamente para salvar la vida del feto, después de la semana 28 de embarazo se hospitaliza a la mujer y, en general, se practica una cesárea.

Enfermedad infecciosa

Las infecciones de las vías urinarias son frecuentes durante el embarazo, probablemente porque el crecimiento uterino comprime los tubos que conectan los riñones a la vejiga (uréteres) y se retarda el flujo de orina. A consecuencia de este retraso, es probable que las bacterias no sean arrastradas hacia fuera de las vías urinaias y aumentan las probabilidades de infección. Estas infecciones aumentan el riesgo de un parto precoz y de una rotura prematura de las membranas que rodean al feto. A veces una infección en la vejiga o en los uréteres asciende hacia arriba y llega al riñón, donde causa una infección. El tratamiento consiste en la administración de antibióticos.

Algunas enfermedades infecciosas pueden dañar al feto. La rubéola, una infección vírica muy conocida, es una de las principales causas de anomalías congénitas, sobre todo del corazón y del oído interno. La infección por citomegalovirus puede atravesar la placenta y afectar al hígado del feto. Así mismo, la toxoplasmosis, una infección causada por un protozoo, puede afectar al cerebro del feto y lesionarlo. Las mujeres embarazadas deberían evitar el contacto con los gatos y sus heces, que pueden transmitir toxoplasmosis, a menos que estos animales estén estrictamente confinados al ámbito de la casa y no tengan relación con otros de su misma especie. La hepatitis infecciosa puede causar graves problemas durante el embarazo, especialmente en mujeres desnutridas. El feto puede infectarse en la última etapa del embarazo, lo que aumentará la posibilidad de que el parto se adelante.

Las enfermedades de transmisión sexual pueden causar problemas durante el embarazo. Por ejemplo, la infección por clamidias puede provocar una rotura prematura de las membranas y un parto prematuro.

La infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), que causa SIDA, es un importante problema en el embarazo. Alrededor de una cuarta parte de las mujeres embarazadas que tienen la infección la transmiten al feto. Debe instaurarse un tratamiento con AZT (zidovudina) lo antes posible en el embarazo puesto que reduce en dos tercios la transmisión del virus al feto. Si está infectado, un recién nacido puede enfermar gravemente con rapidez y por lo general muere debido a complicaciones del SIDA antes de los dos años. El embarazo no parece acelerar el avance de la infección por el VIH en la madre.

El herpes genital puede ser transmitido al recién nacido durante un parto vaginal. Si además este recién nacido está infectado por el VIH, puede desarrollar una infección cerebral por herpes muy peligrosa para su vida (encefalitis herpética). Si una mujer presenta lesiones cutáneas herpéticas en una fase avanzada del embarazo, su médico generalmente recomienda un parto por cesárea para evitar la transmisión del virus al recién nacido.

Diabetes

La diabetes es un trastorno en el que los valores de azúcar en sangre (glucosa) son anormalmente altos.

Muchos de los cambios que tienen lugar durante la gestación hacen más difícil el control del azúcar en la sangre en la mujer diabética. Los cambios en los valores y tipos de hormonas pueden causar resistencia a la insulina, lo que incrementa los requerimientos corporales de esta última y, en consecuencia, en algunas mujeres esto puede ocasionar una diabetes.

La diabetes que comienza o se hace evidente por primera vez durante la gestación (diabetes gestacional) se produce en el 1 al 3 por ciento de todos los embarazos. Es mucho más frecuente entre ciertos grupos étnicos (sobre todo indios norteamericanos, habitantes de las islas del Pacífico y mujeres de ascendencia mexicana, india y asiática) así como entre las mujeres obesas. A las gestantes se les realizan análisis sistemáticos para detectar diabetes gestacional. Después del embarazo, este tipo de diabetes suele desaparecer.

Una diabetes mal controlada puede poner en peligro al feto y la madre. Con un buen control, sin embargo, los riesgos no son mayores que los que tienen las gestantes no diabéticas. Durante el embarazo, la mujer que tiene diabetes recibe insulina por inyección en lugar de tomar fármacos hipoglucemiantes orales, que pueden resultar tóxicos para el feto. A la mayoría de las mujeres se les enseña a usar los dispositivos para comprobar y controlar los niveles de azúcar en la sangre y ajustar, en función de los mismos, las dosis de insulina durante el embarazo.

La diabetes incrementa el riesgo que tiene la mujer embarazada de contraer una infección, de tener un parto anticipado y de presentar hipertensión a causa del embarazo. El tratamiento de estos trastornos es el mismo que se utiliza para cualquier gestante. Si se controla la hipertensión, la gestación no empeora la enfermedad renal causada por la diabetes y las complicaciones renales durante el embarazo son poco frecuentes.

El hijo de una mujer diabética puede ser mayor de lo normal en el momento de nacer, incluso aunque haya mantenido los valores del azúcar en sangre en los límites normales o casi normales durante el embarazo. El riesgo de anomalías congénitas es dos veces más alto en los hijos de mujeres que tienen diabetes. También son más frecuentes cuando el control de la diabetes no es el adecuado durante el período en el que se están formando los órganos del feto, particularmente entre la sexta y la séptima semanas de embarazo. A las 16 a 18 semanas de gestacion, se miden los niveles de alfafetoproteína, una proteína producida por el feto, en una muestra de sangre de la madre. Valores altos de alfafetoproteína sugieren un desarrollo incompleto de la columna vertebral y de la médula espinal (espina bífida), mientras que niveles bajos sugieren síndrome de Down. Por último, a las 20 o 22 semanas de embarazo se realiza una ecografía para detectar otras anomalías congénitas.

Durante los 3 últimos meses de embarazo, la atención se centra en controlar el bienestar fetal y comprobar el desarrollo de los pulmones del feto, así como en el control de los niveles de azúcar en la madre.

La mayoría de las mujeres que tienen diabetes puede tener partos vaginales. Sin embargo, si la atención médica fue inadecuada o el control de su diabetes insuficiente durante el principio del embarazo, no es recomendable esperar un parto vaginal. En estos casos, puede realizarse una amniocentesis para controlar la madurez pulmonar fetal (que indica si el feto puede sobrevivir al parto) con el fin de saber si el bebé podrá sobrevivir mediante cesárea antes de finalizar el embarazo. También se puede recurrir a la cesárea si el feto es demasiado grande para salir por el canal vaginal o si surgen otras dificultades durante el parto.

Un embarazo prolongado es particularmente perjudicial para el feto de una madre diabética. Normalmente el parto tiene lugar a las 40 semanas o antes de este período; si no es así, hacia las 40 semanas se suele provocar el parto rompiendo las membranas y administrando oxitocina por vía intravenosa, o bien mediante una cesárea. El feto puede morir antes de nacer si la gestación se prolonga más de allá de las 42 semanas.

Inmediatamente después del parto, muchas mujeres que tienen diabetes no necesitan insulina. En las que tenían diabetes antes del embarazo, las necesidades de insulina decrecen notablemente después del parto, para volver a aumentar de forma gradual al cabo de 72 horas. En caso de diabetes gestacional, se efectúa un control después del parto para determinar si la diabetes todavía persiste o bien si ha desaparecido.

Los hijos de madres con diabetes necesitan una valoración y un control cuidadosos después de nacer, ya que tienen un riesgo más elevado de desarrollar dificultades respiratorias, bajos niveles de azúcar (hipoglucemia) y de calcio (hipocalcemia) en la sangre, ictericia y un aumento del número de glóbulos rojos. Estos problemas son transitorios y existen tratamientos adecuados para los mismos.

Enfermedades de la glándula tiroides

Los problemas tiroideos son frecuentes durante el embarazo. Los niveles altos de hormona tiroidea durante la gestación suelen ser causados por una enfermedad de Graves o una tiroiditis. La enfermedad de Graves está causada por anticuerpos que estimulan a la glándula tiroides a producir una cantidad excesiva de hormona tiroidea. Estos anticuerpos pueden atravesar la placenta y aumentar la actividad del tiroides en el feto, causando un incremento de latidos por minuto, y un retraso en su crecimiento. En ciertos casos, la enfermedad de Graves produce anticuerpos que bloquean la producción de hormona tiroidea. Estos anticuerpos pueden atravesar la placenta y evitar que la glándula tiroides fetal produzca cantidades apropiadas de hormona tiroidea (hipotiroidismo), lo que puede causar una forma de retraso mental denominado cretinismo.

El tratamiento de la enfermedad de Graves puede ser muy diverso. En general, la mujer toma la menor dosis posible de propiltiouracilo. Es necesario un control cuidadoso de la madre, porque este fármaco atraviesa la placenta y puede alterar la producción de cantidades adecuadas de hormona tiroidea en el feto. A menudo, la enfermedad de Graves mejora durante los 3 últimos meses de embarazo, por lo que la dosis de propiltiouracilo puede reducirse o incluso suspenderse. Otra opción es extirpar la glándula tiroides de la madre (tiroidectomía) durante el segundo trimestre (del cuarto al sexto mes de embarazo). La mujer debe comenzar a tomar hormona tiroidea 24 horas después de la intervención quirúrgica y seguir tomándola durante el resto de su vida. Esta hormona simplemente sustituye la hormona que produce la glándula tiroides en condiciones normales y, en consecuencia, no causa problemas al feto.

La tiroiditis, una inflamación de la glándula tiroides, produce una hinchazón dolorosa de la parte anterior del cuello. Durante el embarazo, un incremento transitorio en los niveles de la hormona tiroidea provoca síntomas también transitorios que habitualmente desaparecen sin necesidad de tratamiento. En las primeras semanas después del parto, puede desarrollarse de forma súbita una variedad indolora de tiroiditis con un aumento durante un período determinado en la producción de hormona tiroidea. Este trastorno puede persistir o empeorar, en ocasiones con episodios breves y recurrentes de un aumento en la producción de esta hormona.

Las dos causas más frecuentes por las que se producen niveles bajos de hormona tiroidea durante el embarazo son la tiroiditis de Hashimoto, causada por anticuerpos que bloquean la producción de hormona tiroidea, y el tratamiento previo para la enfermedad de Graves. A menudo, la tiroiditis de Hashimoto adopta formas menos graves durante la gestación. Una mujer que tiene niveles bajos de hormona tiroidea debe realizar un tratamiento sustitutivo con comprimidos de esta hormona. Al cabo de varias semanas, se realizan análisis de sangre para medir los niveles y ajustar la dosis si es necesario. A medida que continúa el embarazo, puede que deban realizarse pequeños ajustes de la dosis.

En un 4 a un 7 por ciento de las mujeres, la glándula tiroides funciona mal durante los seis primeros meses después del parto. Aquellas otras con una historia familiar de enfermedad de tiroides, o de diabetes, o con un trastorno tiroideo preexistente, como un tiroides de tamaño mayor del normal (bocio) o una tiroiditis de Hashimoto, tienen una mayor susceptibilidad. Los niveles bajos o altos de hormona tiroidea después del embarazo suelen ser transitorios pero pueden necesitar tratamiento.

Enfermedades del hígado

Las mujeres con hepatitis crónica activa, y en especial aquellas con cirrosis (lesión hepática con cicatrización), suelen tener dificultades para quedarse embarazadas. Las que lo consiguen, es probable que tengan un aborto o un parto prematuro.

El embarazo puede empeorar transitoriamente el bloqueo del flujo de bilis en la cirrosis biliar primaria (cicatrización de los conductos biliares) y a veces produce ictericia u orina de color oscuro, si bien estos efectos desaparecen después del parto. En las mujeres que padecen cirrosis, el embarazo incrementa ligeramente la probabilidad de sufrir una hemorragia masiva por la rotura de las venas varicosas que rodean el esófago, sobre todo durante el último trimestre de la gestación.

Asma

La gestación afecta a las mujeres con asma de forma diferente, a pesar de que es mucho más probable que la enfermedad empeore en lugar de mejorar. De forma similar, el asma puede tener varios efectos sobre el embarazo, ya que puede retrasar el crecimiento del feto o desencadenar un parto prematuro.

El tratamiento del asma durante la gestación depende de la gravedad y duración de los ataques. En los episodios leves, se administra un broncodilatador inhalado, como el isoproterenol, que dilata las vías aéreas de los pulmones. Sin embargo, las mujeres embarazadas no deben usar estos fármacos en exceso. En caso de crisis más graves, se administra el broncodilatador aminofilina por vía intravenosa. Las crisis asmáticas muy graves (estado asmático) se tratan con corticosteroides inyectables por vena. Si aparece una infección, se administran antibióticos. Después de una crisis, la mujer puede tomar teofilina de acción prolongada (un broncodilatador) en forma de comprimidos para evitar nuevos episodios. Los broncodilatadores y los corticosteroides se han venido usando durante el embarazo sin que hayan causado grandes problemas.

Lupus eritematoso sistémico

El lupus eritematoso sistémico (lupus), una enfermedad autoinmune que es nueve veces más frecuente en las mujeres que en los hombres, puede aparecer por primera vez durante el embarazo, aunque también puede empeorar o mejorar durante el mismo. No se puede predecir de qué forma el embarazo afectará al curso del lupus, pero el momento más probable para que aparezcan los síntomas es inmediatamente después del parto.

Las mujeres que desarrollan lupus suelen tener una historia de abortos recurrentes, muerte fetal a mitad del embarazo, fetos con escaso crecimiento (retraso del crecimiento intrauterino) y partos prematuros. Un feto o un recién nacido pueden correr peligro debido a las complicaciones del lupus de la madre, como una lesión renal, hipertensión o anomalías cardíacas.

Los anticuerpos que producen trastornos en la madre pueden atravesar la placenta y retardar la frecuencia cardíaca, producir anemia, bajo recuento plaquetario o bajo recuento de glóbulos blancos (leucocitos) en el feto. Sin embargo, estos anticuerpos desaparecen de forma gradual varias semanas después del parto, por lo que se resolverán los problemas que causaron.

Artritis reumatoide

La artritis reumatoide es una enfermedad autoinmune que afecta a la mujer más del doble de veces que al varón. Suele mejorar durante el embarazo, quizá porque los niveles de hidrocortisona en la sangre aumentan durante la gestación. Esta enfermedad no tiene efectos adversos para el feto, pero pueden surgir complicaciones en el parto si la artritis ha afectado a la articulación coxofemoral o a la parte inferior de la columna (zona lumbar).

Miastenia grave

La miastenia grave, una enfermedad autoinmune que causa debilidad muscular, es más frecuente entre las mujeres que entre los varones. Durante el parto, la mujer que padezca este trastorno puede necesitar ayuda para respirar (ventilación asistida). Debido a que los anticuerpos que causan esta enfermedad atraviesan la placenta, el 20 por ciento de los hijos de estas madres tiene miastenia grave al nacer. Sin embargo, como los anticuerpos maternos desaparecen gradualmente y el recién nacido no produce anticuerpos de este tipo, la debilidad muscular es sólo temporal.

Púrpura trombocitopénica idiopática

La púrpura trombocitopénica idiopática es una enfermedad autoinmune que se caracteriza por una reducción gradual del número de plaquetas en la sangre, probablemente porque ciertos anticuerpos anormales las destruyen. El resultado es un aumento de la tendencia a las hemorragias. Esta enfermedad es tres veces más frecuente en las mujeres que en los varones. Si no se trata durante el embarazo, la enfermedad tiende a ser más grave. Los anticuerpos pueden pasar al feto y reducir las plaquetas de éste hasta niveles peligrosamente bajos antes y justo después del parto. Si es así, durante el parto pueden producirse hemorragias que den lugar a lesiones o la muerte, en particular si la hemorragia se produce en el cerebro. El análisis de una pequeña cantidad de sangre tomada del cordón umbilical permite determinar la presencia de anticuerpos y detectar niveles bajos de plaquetas en el feto. Si los anticuerpos han llegado hasta el feto puede realizarse una cesárea para evitar problemas durante el parto, tales como una hemorragia cerebral en el recién nacido. Los anticuerpos desaparecen al cabo del vigésimo primer día, y entonces la sangre del recién nacido vuelve a coagular normalmente.

Los corticosteroides mejoran la coagulación de la sangre en las mujeres embarazadas que tienen esta enfermedad, pero dicha mejoría sólo es permanente en el cincuenta por ciento de los casos. Pueden administrarse altas dosis de gammaglobulina por vía intravenosa para mejorar temporalmente la coagulación de la sangre y, en consecuencia, provocar el parto sin correr ningún riesgo para que la mujer pueda dar a luz por vía vaginal sin que se presente una hemorragia incontrolada. Las transfusiones de plaquetas están indicadas sólo cuando es necesario un parto por cesárea para proteger al recién nacido y cuando el número de plaquetas de la madre es tan bajo que existe peligro de una hemorragia grave. En aquellos raros casos en los que el número de plaquetas siga siendo peligrosamente bajo a pesar del tratamiento, se extirpa el bazo de la mujer, que es donde las plaquetas quedan atrapadas y son destruidas. El mejor momento para practicar esta intervención quirúrgica es a mitad del embarazo. La extirpación del bazo mejora la coagulación de la sangre a largo plazo en alrededor del 80 por ciento de los pacientes con púrpura trombocitopénica idiopátcia e inmune.

Cirugía durante el embarazo

La mayoría de los trastornos que necesitan cirugía durante la gestación son problemas abdominales. El embarazo puede dificultar el diagnóstico y complicar cualquier procedimiento quirúrgico. Puesto que la cirugía puede provocar un aborto, en especial al comienzo del embarazo, cualquier intervención no urgente suele postergarse todo lo posible siempre y cuando la salud de la madre no esté en peligro.

La apendicitis puede causar un dolor como calambres similar a las contracciones uterinas. Un análisis de sangre puede detectar una subida de los glóbulos blancos (leucocitos), pero debido a que el número de estas células normalmente también aumenta durante el embarazo, esta prueba es poco fiable para diagnosticar apendicitis en una mujer embarazada. Además, a medida que avanza la gestación, el apéndice es empujado hacia la parte superior del abdomen, por lo que un dolor en el cuadrante inferior derecho durante el embarazo, punto en que se suele localizar el dolor de la apendicitis, no indica necesariamente que se trate de esta enfermedad. Si en efecto parece que se trata de una apendicitis, se practica una intervención quirúrgica para exirpar el apéndice (apendicectomía) de forma inmediata, ya que la rotura del apéndice durante el embarazo puede ser mortal. No es probable que una apendicectomía cause lesiones al feto o que provoque un aborto.

Por otro lado, durante el embarazo pueden desarrollarse quistes ováricos y causar calambres dolorosos. La ecografía detecta los quistes ováricos con gran seguridad y precisión. A menos que un quiste sea claramente canceroso, la cirugía suele posponerse hasta después de la duodécima semana de embarazo, debido a que el quiste puede estar secretando hormonas asociadas que ayudan a mantener el embarazo y a menudo desaparece de forma espontánea. Sin embargo, si el quiste o la masa sigue creciendo o es doloroso a la palpación, o bien la causa subyacente es un cáncer o un absceso, puede que deba practicarse una intervención quirúrgica incluso antes de la duodécima semana.

Los trastornos de la vesícula biliar se producen ocasionalmente durante el embarazo. A la mujer embarazada se le practican revisiones frecuentes para controlar el proceso. Sin embargo, si la enfermedad no mejora, la cirugía puede ser necesaria.

La obstrucción intestinal puede ser un trastorno muy grave durante el embarazo. Si se desarrolla gangrena intestinal y peritonitis (inflamación del revestimiento de la cavidad abdominal), la vida de la mujer corre peligro y además puede sufrir un aborto. Por lo general, cuando una mujer gestante presenta síntomas de obstrucción intestinal, habitualmente se realiza una exploración quirúrgica, sobre todo si tiene antecedentes de haber sido sometida a una intervención quirúrgica abdominal o de haber tenido una infección abdominal previa.
fármacos durante el embarazo
La mayoría de las mujeres embarazadas consume algún tipo de fármaco. Diversos organismos sanitarios, así como la Organización Mundial de la Salud, estiman que más del 90 por ciento de las mujeres embarazadas toma fármacos, ya sea recetados por el médico o no recetados (de venta libre), y consume drogas sociales como el tabaco y el alcohol o drogas ilícitas. Los fármacos y drogas causan del 2 al 3 por ciento de todas las anomalías congénitas; la mayoría de las restantes se deben a causas hereditarias, ambientales o desconocidas.

Los fármacos y drogas pasan de la madre al feto sobre todo a través de la placenta, la misma ruta que siguen los nutrientes para el crecimiento y el desarrollo fetal. En la placenta, los fármacos y los nutrientes atraviesan una membrana delgada que separa la sangre materna de la fetal.

Los fármacos que se administran durante el embarazo pueden afectar al feto de varias formas:

- Actuando directamente sobre el feto y causando lesiones, desarrollo anormal o muerte.

- Alterando la función de la placenta, generalmente estrechando los vasos sanguíneos y reduciendo el intercambio de oxígeno y nutrientes entre el feto y la madre.

- Provocando la contracción de los músculos del útero, lo cual puede lesionar indirectamente al feto debido a que se reduce la cantidad de sangre que recibe.

Los efectos adversos de un fármaco dependen de la edad del feto y de la potencia y de la dosis del fármaco. Ciertos fármacos tomados al comienzo del embarazo (antes del día 17 después de la fecundación) pueden actuar en función de la ley del todo o nada, es decir, pueden matar al embrión o no afectarlo en absoluto. Durante esta fase, el feto es muy resistente al desarrollo de anomalías congénitas. Sin embargo, el feto es particularmente vulnerable entre los días 17 y 57 después de la fecundación, que es cuando sus órganos se están desarrollando. Los fármacos que alcanzan al feto durante esta fase pueden provocar un aborto, una anomalía evidente en el momento del nacimiento o un defecto permanente pero imperceptible que resulta evidente con el paso de los años, aunque también es posible que no provoquen ningún efecto notable. Los fármacos administrados después de que el desarrollo de los órganos se haya completado probablemente no causarán anomalías congénitas evidentes, pero sí podrán alterar el crecimiento y la función de los órganos y tejidos.

Fármacos anticancerosos

Como los tejidos del feto crecen con rapidez, sus células, que se multiplican a gran velocidad, son muy vulnerables a estos fármacos. Muchos son teratógenos, es decir, causan defectos congénitos, como un lento crecimiento del útero (retraso del crecimiento intrauterino), desarrollo incompleto de la mandíbula, paladar hendido, desarrollo anormal de los huesos del cráneo, defectos de columna y de oído, pies zambos y retraso mental. Algunos fármacos anticancerosos provocan anomalías congénitas en animales pero aún no se ha demostrado que los provoquen en el hombre.

Talidomida

Este fármaco ha dejado de prescribirse a las mujeres embarazadas porque causa importantes defectos de nacimiento. Se introdujo por primera vez en Europa en 1 956, como tratamiento para la gripe y como sedante. En 1 962, se descubrió que si las gestantes tomaban talidomida cuando los órganos del feto estaban en desarrollo se producían anomalías congénitas, como un desarrollo incompleto de los brazos y de las piernas, así como malformaciones del intestino, del corazón y de los vasos sanguíneos.

Tratamientos para la piel

La isotretinoína, utilizada para tratar la acné grave, la psoriasis y otros trastornos cutáneos, provoca grandes anomalías congénitas. Entre las más significativas se destacan los defectos cardíacos, orejas pequeñas e hidrocefalia (también llamada acumulación de agua en el cerebro). El riesgo de anomalías congénitas es de alrededor del 25 por ciento. El etretinato, otro fármaco que se utiliza para tratar los trastornos cutáneos, también produce anomalías congénitas. Como este fármaco se almacena en la grasa que hay bajo la piel y se libera lentamente, puede seguir causando anomalías congénitas durante 6 meses o más después de que la mujer deje de tomarlo. En consecuencia, a las mujeres que consumen este fármaco se les recomienda esperar al menos un año antes de quedar embarazadas.

Hormonas sexuales

Las hormonas androgénicas (masculinizantes), tratamiento habitual para varios trastornos sanguíneos, así como los progestágenos sintéticos tomados durante las primeras 12 semanas después de la fecundación provocan masculinización de los genitales de fetos femeninos. El clítoris, una diminuta protuberancia similar al pene en el varón, puede aumentar de tamaño (de forma permanente, a menos que se corrija con una intervención quirúrgica) y los labios menores, que rodean los orificios de la vagina y la uretra, pueden llegar a adherirse entre sí. Los anticonceptivos orales no contienen suficiente cantidad de progesterona como para producir estos efectos.

El dietilestilbestrol (DES), un estrógeno sintético, causa cáncer vaginal en las adolescentes cuyas madres tomaron este fármaco durante el embarazo. Con el paso del tiempo estas niñas pueden tener una cavidad uterina anormal, sufrir problemas menstruales, debilidad del cuello uterino (incompetente), que puede ser causa de abortos, y aumento de la incidencia de embarazos ectópicos o de partos en que el feto muere poco antes de nacer o inmediatamente después. Los niños expuestos al dietilestilbestrol pueden tener anomalías en el pene.

Meclozina

La meclozina, que se suele tomar para los mareos durante los viajes y para las náuseas y los vómitos, produce anomalías congénitas en los animales, pero no se han detectado los mismos efectos en los seres humanos.

Anticonvulsivantes

Si una mujer que padece epilepsia los toma durante el embarazo, algunos fármacos anticonvulsivantes pueden ocasionar paladar hendido, anomalías cardíacas, así como, malformaciones de la cara y del cráneo, de las manos o de los órganos abdominales en el recién nacido y también puede provocar retraso mental. Existen dos anticonvulsivantes particularmente peligrosos en lo que a las anomalías congénitas se refiere: la trimetadiona, cuyo riesgo es de alrededor del 70 por ciento, y el ácido valproico, con cerca del uno por ciento. Se cree que la carbamazepina, otro anticonvulsivante, provoca un significativo número de anomalías congénitas menores. Al anticonvulsivante fenitoína se le había atribuido el desarrollo de diversas anomalías, pero se registraron defectos similares en hijos de mujeres epilépticas que no tomaban anticonvulsionantes.
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Cómo atraviesan la placenta los fármacos
En la placenta, la sangre materna pasa por el espacio (espacio intervelloso) que rodea las diminutas proyecciones (vellosidades) que contienen los vasos sanguíneos del feto. La sangre materna que se encuentra en el espacio intervelloso está separada de la sangre fetal que se encuentra en las vellosidades por una delgada membrana (membrana placentaria). Los fármacos que se encuentren en la sangre materna pueden cruzar esta membrana hasta llegar a los vasos sanguíneos de las vellosidades y atravesar el cordón umbilical hasta llegar al feto.
Los recién nacidos que antes del nacimiento fueron expuestos a fenitoína y fenobarbital (un barbitúrico también anticonvulsivante) pueden presentar hemorragias fácilmente, porque estos fármacos causan una deficiencia de vitamina K, necesaria para la coagulación. Este efecto secundario se puede evitar si la gestante toma suplementos de esta vitamina por vía oral todos los días durante un mes antes del nacimiento o si el recién nacido recibe una inyección de vitamina K inmediatamente después de nacer. Durante el embarazo, las mujeres que tienen epilepsia reciben la menor dosis posible de anticonvulsivantes y son vigiladas de cerca.

Las mujeres con epilepsia, aunque no tomen anticonvulsivantes durante el embarazo, tienen más probabilidades de tener recién nacidos con anomalías congénitas que las mujeres que no tienen epilepsia. El riesgo es aún mayor para las que tienen convulsiones frecuentes y graves, o que presentan complicaciones del embarazo, y en las pertenecientes a grupos de un nivel socioeconómico bajo, ya que tienden a recibir una inadecuada atención médica.

Vacunas

Excepto en circunstancias especiales, a las mujeres embarazadas o que podrían estarlo no se les aplican vacunas que contengan virus vivos. La vacuna contra la rubéola, hecha con virus vivos, puede causar infección tanto en la placenta como en el feto en desarrollo. Las vacunas con virus vivos (como las del sarampión, la parotiditis, la poliomielitis, la varicela y la fiebre amarilla) y otras vacunas (como las del cólera, la hepatitis A y B, la gripe, la peste, la rabia, el tétanos, la difteria y la tifoidea) se administran a las mujeres embarazadas sólo en caso de que exista un riesgo importante de infectarse con uno de esos microorganismos.

Fármacos tiroideos

El yodo radiactivo que se administra a una mujer embarazada para tratar una glándula tiroides hiperactiva (hipertiroidismo) puede atravesar la placenta y destruir la glándula tiroides del feto, o causar una disminución grave de la actividad de dicha glándula (hipotiroidismo). El propiltiouracilo y el metimazol, fármacos que también se usan para tratar una glándula tiroides hiperactiva, atraviesan la placenta y pueden aumentar el tamaño del tiroides del feto; cuando resulta necesario, el propiltiouracilo es el más usado porque es más fácilmente tolerado por la madre y el feto.

Hipoglucemiantes orales

Los fármacos hipoglucemiantes se emplean para reducir los niveles de azúcar (glucosa) en sangre en las personas que sufren de diabetes, pero no suelen controlar la diabetes en las mujeres embarazadas y pueden ocasionar bajas muy acusadas de glucosa en la sangre (hipoglucemia) de los recién nacidos. En consecuencia, es preferible administrar insulina para tratar la diabetes de las gestantes.

Analgésicos opioides y antiinflamatorios no esteroideos

Los analgésicos opioides y los antiinflamatorios no esteroideos (AINE), como la aspirina, llegan al feto en cantidades significativas si son ingeridos por una mujer embarazada. Los hijos de mujeres adictas a los analgésicos narcóticos (opioides) pueden contraer la adicción antes del nacimiento y mostrar síntomas de supresión entre las 6 horas y los 8 días después del parto. La toma de grandes dosis de aspirina u otros AINE durante el embarazo puede retrasar el comienzo del parto y también puede provocar el cierre en el feto, antes del nacimiento, del conducto (ductus arteriosus) que conecta la aorta y la arteria pulmonar (la arteria que lleva sangre a los pulmones). Este conducto en general se cierra inmediatamente después del parto. Su cierre prematuro obliga a la sangre a circular a través de los pulmones, que aún no se han expandido y en consecuencia, se produce una sobrecarga del sistema circulatorio del feto.
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Cuando se administran al final del embarazo, los fármacos antiinflamatorios no esteroideos reducen la cantidad de líquido amniótico (el líquido que rodea al feto en desarrollo y que se encuentra dentro del saco amniótico), lo cual constituye un efecto adverso potencialmente peligroso. Si se toman grandes dosis de aspirina pueden producirse hemorragias en la madre o en el recién nacido. La aspirina, como otros salicilatos, pueden aumentar los niveles de bilirrubina en la sangre del feto, provocando ictericia y, en ocasiones, lesiones cerebrales.

Ansiolíticos y antidepresivos

Los ansiolíticos causan anomalías congénitas cuando se administran durante el primer trimestre del embarazo, a pesar de que este efecto aún no ha sido probado. La mayoría de los antidepresivos parecen ser bastante seguros si se usan durante el embarazo, pero el litio puede causar anomalías congénitas (principalmente en el corazón). Los barbitúricos, como el fenobarbital, administrados a una mujer embarazada tienden a reducir la ligera ictericia que se observa en los recién nacidos.

Antibióticos

El tratamiento con antibióticos durante el embarazo es una fuente potencial de problemas. Las tetraciclinas atraviesan la placenta y se almacenan en los huesos y los dientes del feto, donde se combinan con el calcio. Como resultado, se retarda el crecimiento óseo, los dientes del recién nacido pueden volverse amarillentos definitivamente y el esmalte dental puede ser blando y anormalmente susceptible a las caries. El riesgo de anomalías dentales es más elevado desde la mitad hasta el final del embarazo. Como existen varios antibióticos alternativos que no suponen riesgo alguno, durante el embarazo se evitan las tetraciclinas.

La administración de antibióticos como estreptomicina o kanamicina durante el embarazo puede lesionar el oído interno del feto e incluso causar sordera. El cloramfenicol no daña al feto, pero causa una grave enfermedad en el recién nacido conocida como síndrome del niño gris. La ciprofloxacina no debería ser tomada durante el embarazo porque se ha demostrado que en los animales causa anomalías en las articulaciones. En cambio, las penicilinas parecen ser inocuas.

La mayoría de los antibióticos con sulfonamida, administrados al final del embarazo pueden hacer que el recién nacido desarrolle ictericia, lo cual puede ocasionar una lesión cerebral. Sin embargo, existe un antibiótico con sulfonamida, la sulfasalazina, que muy raramente causa este problema.

Anticoagulantes

El feto en desarrollo es extremadamente sensible a los dicumarínicos, unos fármacos que evitan la formación de coágulos (anticoagulantes). Hasta en una cuarta parte de los bebés expuestos a estos fármacos durante los primeros 3 meses de embarazo, se detectan anomalías congénitas significativas. Además, hay riesgo de que se produzca una hemorragia tanto en la madre como en el feto. Si una mujer embarazada es propensa a desarrollar coágulos en la sangre, la heparina es una alternativa mucho más segura. Sin embargo, su administración prolongada durante el embarazo puede ocasionar un descenso del número de plaquetas en la madre (las plaquetas son partículas similares a células que son fundamentales para la coagulación de la sangre) o una disminución del grosor de los huesos (osteoporosis).

Fármacos para el corazón y los vasos sanguíneos

La administración de estos fármacos durante el embarazo es necesaria para tratar ciertos trastornos que son crónicos o que se desarrollan durante el embarazo, como la preeclampsia (hipertensión, presencia de proteínas en la orina y acumulación de líquidos durante el embarazo) y la eclampsia (convulsiones a consecuencia de la preeclampsia). Los fármacos que hacen descender la presión arterial alta se utilizan con frecuencia en las mujeres embarazadas con preeclampsia o eclampsia, pero dado que alteran el funcionamiento de la placenta se administran con gran cuidado para evitar causar problemas al feto . En general, estos trastornos son consecuencia de un descenso demasiado rápido de la presión arterial de la madre, que causa una reducción notable del flujo de sangre a la placenta. Así mismo, debe evitarse la administración de los inhibidores de la enzima conversora de la angiotensina y los diuréticos tiacídicos, porque pueden causar graves trastornos fetales. La digoxina, utilizada para tratar la insuficiencia cardíaca y algunas anomalías de la frecuencia cardíaca, atraviesa la placenta muy fácilmente, si bien sus efectos en el bebé antes o después del parto son muy escasos.

Algunos fármacos, como la nitrofurantoína, la vitamina K, las sulfonamidas y el cloramfenicol, pueden causar una destrucción de los glóbulos rojos de las gestantes y de los fetos con deficiencia de glucosa-6-fosfatodeshidrogenasa (G6PD), un trastorno hereditario que afecta a las membranas de los glóbulos rojos. Por consiguiente, las mujeres con este trastorno no deben consumir estos fármacos.

Fármacos utilizados durante el parto

Los anestésicos locales, los opiáceos y otros analgésicos habitualmente atraviesan la placenta y pueden afectar al recién nacido (por ejemplo, debilitando su capacidad de respiración). En consecuencia, si es necesario utilizar fármacos durante el parto, se administran en las menores dosis posibles y preferiblemente en el último momento para que tengan menos probabilidades de llegar al feto antes del nacimiento.

Drogas sociales y drogas ilícitas

Fumar durante el embarazo puede ser perjudicial. El peso medio al nacer de los hijos de madres fumadoras durante el embarazo es de unos 170 gramos menos que el de los hijos de las mujeres no fumadoras. Los abortos, la muerte fetal, los partos pretérmino y el síndrome de la muerte súbita del lactante son más frecuentes entre los bebés de mujeres que fuman durante el embarazo.

Consumir alcohol durante el embarazo puede provocar anomalías congénitas. Los hijos de mujeres gestantes que toman excesivas cantidades de alcohol pueden presentar el síndrome alcohólico fetal. Estos recién nacidos son pequeños, suelen tener una cabeza de tamaño pequeño (microcefalia), anomalías faciales y deficiencias mentales al límite. Con menos frecuencia, se observan anomalías articulares y cardíacas. El desarrollo no es adecuado y tienen más probabilidades de morir al poco de nacer. Debido a que se desconoce la cantidad de alcohol necesaria para causar este síndrome, se recomienda que las mujeres embarazadas se abstengan de beber alcohol.

Los efectos de la cafeína sobre el feto son motivo de controversia. Varios estudios sugieren que beber más de siete u ocho tazas de café al día puede incrementar el riesgo de muerte fetal, parto prematuro o de tener un recién nacido de bajo peso o un aborto. Sin embargo, estos estudios no han resultado fiables porque muchas de las mujeres que bebían café también fumaban. Un estudio posterior, que hacía referencia al tabaquismo, llegó a la conclusión de que los problemas habían sido causados por el tabaco y no por la cafeína. Por lo tanto, no se sabe con certeza si el hecho de beber mucho café durante el embarazo afecta al recién nacido.

El aspartamo, un edulcorante artificial, parece ser inocuo si se toma durante el embarazo, siempre y cuando se consuma en las cantidades habituales que se aconsejan.

El consumo de cocaína durante el embarazo incrementa el riesgo de aborto, de desprendimiento precoz de la placenta (abruptio placentae); de anomalías congénitas en el cerebro, riñones y órganos genitales y de disminución de la conducta interactiva en los recién nacidos.

No se ha encontrado ninguna prueba concluyente de que la marihuana provoque anomalías congénitas ni que interfiera el crecimiento y desarrollo fetal. Sin embargo, algunos estudios sugieren que un gran consumo de marihuana durante el embarazo puede provocar un comportamiento anormal en los recién nacidos.
Parto y alumbramiento
Alivio del dolor,Monitorización fetal,
Alumbramiento, ...
A pesar de que cada parto y cada alumbramiento es distinto, la mayoría sigue un patrón general. En consecuencia, una mujer embarazada puede tener una idea general de los cambios que se producirán en su organismo para posibilitar el alumbramiento y qué procedimientos se deben seguir para facilitar el proceso. También tiene que decidir otras cuestiones, como si va a permitir que el padre esté presente en el momento y en el lugar del parto (un hospital, una maternidad o su propia casa).Habitualmente, una futura madre desea que el padre del bebé esté junto a ella durante el parto. El ánimo que le pueda transmitir y su apoyo emocional pueden facilitar la relajación y reducir la necesidad de administrar fármacos contra el dolor. Además, el hecho de compartir la experiencia del parto tiene beneficios emocionales y psicológicos, como crear fuertes vínculos familiares. Las clases educativas sobre el parto preparan tanto al padre como a la madre para tal evento. Por otro lado, una futura madre puede preferir, en cambio la intimidad durante el parto o el padre puede no desear estar presente, o bien otro familiar puede resultar más apropiado. Los futuros padres pueden decidir qué es lo mejor para ellos.

La mayoría de los partos tienen lugar en el hospital, pero algunas mujeres desean dar a luz en sus domicilios. Muchos médicos dudan a la hora de recomendar el parto en el hogar porque les preocupan las complicaciones inesperadas, como un desprendimiento precoz de la placenta, sufrimiento fetal (por lo general causado porque el feto no recibe suficiente oxígeno durante el parto), un embarazo múltiple inesperado, como el de gemelos, y complicaciones después del parto, como una hemorragia (hemorragia posparto). El parto en el domicilio sólo debería considerarse en el caso de mujeres que ya hayan tenido al menos un embarazo y un parto sin complicaciones. Un médico o una comadrona titulada, preferiblemente la misma persona que se encargó de la atención prenatal, debería ocuparse del parto. En la medida de lo posible, debería tener lugar en un domicilio próximo a un hospital; si está demasiado alejado, se podría utilizar la casa de un familiar o amigo. Es importante planificar de antemano el transporte de urgencia del domicilio al hospital en caso de que fuera necesario.

Las clínicas de maternidad están equipadas para encargarse de embarazos normales en los que no aparecen complicaciones. Al proporcionar un ambiente cálido y permitir que los familiares y amigos estén presentes, estos centros permiten que las mujeres tengan una experiencia relajada y personal del parto. Si surgen complicaciones durante el parto, los centros suelen tener contacto con algún hospital cercano para trasladar a la mujer de inmediato.

Muchos hospitales tienen centros de maternidad que combinan ambientes cálidos con unas pocas reglas (como las que limitan el número de visitantes o las horas de visita) con la ventaja de tener un personal sanitario preparado, servicio de urgencias y todos los medios con los que cuenta un hospital por si fuesen necesarios. Algunos hospitales cuentan con habitaciones privadas en las que la madre permanece desde antes del parto hasta que se le dé el alta; en estas habitaciones tienen lugar el parto, el alumbramiento, la recuperación y la etapa posparto.

Al margen de las decisiones que tome la mujer, el hecho de saber a qué atenerse es una excelente preparación para todo el proceso del parto y el alumbramiento.

Parto

El parto consiste en una serie de contracciones uterinas rítmicas y progresivas que gradualmente hacen descender al feto por el cuello uterino (la parte inferior del útero) y la vagina (canal del parto) hacia el exterior.

Las contracciones provocan la dilatación del cuello uterino, que se hace más delgado hasta que desaparece (se borra) y llega casi a confundirse con el resto del útero. Estos cambios permiten que el feto pase por el canal del parto.

El parto suele comenzar dentro de las 2 semanas (antes o después) de la fecha estimada del parto. Aún se desconoce qué es exactamente lo que desencadena el parto, pero quizá sea la oxitocina, una hormona liberada por la glándula hipófisis, que hace que el útero se contraiga durante el parto. El parto no suele durar más de 12 a 14 horas en el primer embarazo de una mujer y tiende a ser más breve, entre 6 y 8 horas de media, en los embarazos siguientes.

El tapón mucoso (una pequeña cantidad de sangre mezclada con mucosidad del cuello uterino) es la señal que indica que el parto está a punto de comenzar; sin embargo, este tapón puede ser expulsado por la vagina hasta 72 horas antes del inicio de las contracciones. En ciertos casos, las membranas llenas de líquido que contienen al feto se rompen antes de que comience el parto, y dicho líquido (líquido amniótico) sale por el cuello uterino y la vagina (proceso conocido como romper aguas). Cuando estas membranas se rompen, la gestante debería ponerse en contacto con su médico o con la comadrona de inmediato. Alrededor del 80 al 90 por ciento de las mujeres cuyas membranas se han roto comienza el parto en las 24 horas siguientes. Si no ha comenzado el parto después de este tiempo, es necesario el ingreso en el hospital, donde se provoca (se induce) el parto para reducir el riesgo de infección causado por las bacterias de la vagina que entran en el útero. Las infecciones pueden afectar a la madre o al feto. Para provocar el parto se utiliza oxitocina u otro fármaco similar. Si el recién nacido es prematuro, es preferible realizar una exploración exhaustiva a la mujer antes de la provocación del parto y no se realiza ninguna revisión ginecológica hasta después de haber planificado el parto.
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Etapas del parto
Primera etapa
Desde el comienzo del parto hasta la apertura completa (dilatación) del cuello uterino (alrededor de 10 centímetros).
Fase inicial (latente)
Las contracciones se vuelven cada vez más fuertes y rítmicas.
El malestar es mínimo.
El cuello uterino se estrecha y dilata alrededor de 4 centímetros.
Esta estapa dura un promedio de 8 horas y media en un primer embarazo y 5 horas en los embarazos siguientes.
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Fase activa
El cuello uterino se dilata aproximadamente de 4 a 10 centímetros.
La parte con la que se presenta el bebé, que suele ser la cabeza, desciende por la pelvis de la madre.
La madre comienza a sentir la necesidad de pujar mientras
el bebé desciende.
Esta fase dura alrededor de 5 horas en un primer embarazo
y 2 horas en los embarazos siguientes.

Segunda etapa
Desde la completa apertura del cuello uterino hasta el parto. Esta etapa dura en promedio alrededor de
60 minutos en un primer embarazo y de 15 a 30 minutos en los embarazos siguientes.


Tercera etapa
Desde el nacimiento del bebé hasta la expulsión de la placenta. Sólo suele durar unos pocos minutos.
Tradicionalmente, el trabajo de parto se divide en tres etapas; sin embargo, las 4 horas inmediatamente posteriores a la expulsión de la placenta, cuando el riesgo de hemorragia es mayor, se denominan, por lo general, cuarta etapa del trabajo de parto.
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Cuando una mujer en pleno parto (con fuertes contracciones cada 5 minutos o menos y una dilatación de más de 4 centímetros del cuello uterino) es ingresada en el hospital, se determinan su peso, la presión arterial, la frecuencia cardíaca y respiratoria, y la temperatura, y se toman muestras de orina y sangre para analizarlas. El examen del abdomen incluye la estimación del tamaño fetal, su posición (si está mirando hacia adelante o hacia atrás) y su presentación, es decir, si la cabeza, las nalgas o los hombros, es lo que va por delante y va a salir primero. El médico u otro profesional ausculta la frecuencia cardíaca fetal con un fonendoscopio. Se observan la intensidad, duración y frecuencia de las contracciones. Por lo general, se examina la vagina para determinar si las membranas se han roto y el cuello uterino está muy dilatado y borrado, pero esta revisión puede obviarse si la mujer tiene algunas hemorragias o si las membranas se han roto de forma espontánea. La coloración verdosa que puede presentar el líquido amniótico una vez que las membranas se han roto se debe a la primera defecación del feto (meconio fetal) y puede indicar sufrimiento fetal. Por lo general, el feto expele meconio antes del parto sólo cuando sufre o cuando su presentación es con los glúteos por delante (presentación de nalgas).

La posición y presentación del feto determinarán cómo va a pasar éste por la vagina. La presentación de cabeza (vértice), que es la más frecuente, es la mejor para un parto seguro. Durante la última o las dos últimas semanas antes del parto, la mayoría de los fetos se dan la vuelta para que la cabeza se presente primero. La presentación de glúteos (nalgas) hace que el parto sea más complicado tanto para la madre como para el feto y el médico. Al retrasar la aparición de la cabeza del feto, la presentación de nalgas incrementa la probabilidad de sufrimiento fetal. Como la cabeza es más ancha que las nalgas, es más difícil colocar la cabeza en el espacio que han dejado las nalgas en el canal de parto que cuando sucede al revés y, en consecuencia, es más probable que la cabeza quede atrapada. La presentación de hombros también dificulta el paso del feto desde el útero. No obstante, si la posición del feto es de cabeza y mira hacia atrás (hacia la espalda de la madre) en lugar de mirar hacia adelante, el parto es, en general, más sencillo.

Durante el parto, se suelen administrar sueros por vía intravenosa para evitar la deshidratación. La cateterización intravenosa también permite suministrar fármacos de forma inmediata. La administración de sueros por vía intravenosa permite que la mujer no coma ni beba durante el parto, por lo que tiene menos probabilidades de vomitar y aspirar su vómito durante el parto. La aspiración del vómito puede causar el síndrome de Mendelson, una enfermedad potencialmente mortal en la que se inflaman los pulmones. En general, la mujer recibe un antiácido para neutralizar la acidez gástrica en el momento de ingresar en el hospital y después cada 3 horas. Los antiácidos reducen el riesgo de lesiones en los pulmones si la mujer aspira el vómito.



Durante la primera etapa del parto, a la madre se le suele recomendar que no empuje, porque hacerlo antes de que el cuello uterino esté abierto por completo es un derroche de energía y además puede desgarrarlo. Aproximadamente cada 15 minutos se controla el ritmo cardíaco de la madre y del feto. El control de la frecuencia cardíaca del feto, que se realiza con un fonendoscopio fetal (fetoscopio) o mediante monitorización cardíaca, es la forma más sencilla de determinar si existe sufrimiento fetal. Si la frecuencia cardíaca se acelera o disminuye demasiado, el médico puede practicar una cesárea, utilizar fórceps o tomar otras medidas correctivas, como colocar a la madre sobre su lado izquierdo, aumentar la cantidad de líquidos intravenosos o administrar oxígeno mediante un tubo colocado en la nariz.

Durante la segunda etapa del parto, la madre, que es constantemente vigilada, empuja con cada contracción para desplazar al feto por la vagina. La frecuencia cardíaca fetal se controla después de cada contracción o cada 3 minutos, o incluso menos si se precisa.
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Alivio del dolor

Con el debido asesoramiento médico, la mujer dispone de la información necesaria acerca de los aspectos generales de las técnicas de alivio del dolor mucho antes del inicio del parto. Puede elegir el alumbramiento natural, que se basa en la relajación y en ciertas técnicas de respiración para hacer frente al dolor, o puede decidir usar analgésicos o un tipo particular de anestesia, si es necesario. Una vez que comienza el parto, estos planes pueden modificarse, según cómo se desarrolle el mismo, cómo se sienta la mujer y qué recomiende el médico o la comadrona.

Monitorización fetal

La necesidad de la mujer de aliviar el dolor durante el parto varía en gran medida y, hasta cierto punto, depende de su nivel de ansiedad. La preparación para el parto y el alumbramiento tanto como el apoyo emocional de quienes la asisten tienden a calmar la ansiedad y suelen reducir la necesidad de administrar fármacos para mitigar el dolor. De todos modos, muchas mujeres no toman ningún fármaco.

Si una mujer solicita analgésicos durante el parto, por lo general se atiende su requerimiento, pero en la menor cantidad posible, porque estos fármacos pueden retrasar la respiración y otras funciones del feto antes de nacer. El parto es un momento crítico para el feto, ya que mientras el recién nacido se adapta rápidamente al paso de una vida de total dependencia de la madre a una vida independiente tienen lugar muchos cambios internos. Un recién nacido sedado con analgésicos puede tener más dificultades para adaptarse a la nueva situación. Por lo general para aliviar el dolor se aplica meperidina o morfina por vía intravenosa. Como estos fármacos pueden retrasar la fase inicial del parto, por lo general se suministran durante la fase activa. Además, como tienen mayor efecto en los primeros 30 minutos después de su aplicación, no se utilizan cuando el parto es inminente. Para contrarrestar los efectos sedativos de estos fármacos sobre el recién nacido, se puede administrar nalaxona justo después del parto.

Si a medida que se acerca el parto es necesario un alivio del dolor más intenso, se puede aplicar una inyección de anestésico local en la entrada de la vagina. Ello adormece por completo la zona dolorida pero permite que la mujer siga despierta y no se retrasan las funciones fetales. Los métodos de anestesia para estos casos son el bloqueo del nervio pudendo o la anestesia. El bloqueo pudendo, un procedimiento muy utilizado, consiste en inyectar un anestésico local a través de la pared de la vagina para anestesiar el nervio pudendo, lo que consigue anestesiar toda el área vaginal excepto la parte frontal de la vulva (órganos genitales externos). Es muy útil en los partos sin complicaciones en los que la madre desea empujar.



En caso de que la madre no quiera empujar y solicite que alivien aún más su dolor, puede utilizarse anestesia regional. En la mayoría de los casos, se inyecta un anestésico local en el espacio que rodea la médula espinal (espacio epidural) en la parte inferior de la espalda; este procedimiento recibe el nombre de inyección lumbar epidural. Alternativamente, se administran analgésicos opioides como fentanilo o sufentanilo mediante perfusión continua en el espacio epidural. Estos procedimientos son muy utilizados pero pueden aumentar la probabilidad de necesitar una cesárea, porque la anestesia puede impedir que la mujer sea capaz de empujar de forma adecuada. La anestesia espinal, mediante la que se inyecta un anestésico en el canal central de la médula espinal, es válida tanto para una cesárea como para un parto vaginal, pero es poco utilizada porque puede producir una cafalea ligera, o a veces grave, después del parto. Cuando se utiliza para un parto vaginal, la anestesia espinal se aplica cuando el parto es inminente, ya que este tipo de anestesia evita que la mujer empuje. Como la anestesia local puede provocar un peligroso descenso de la tensión arterial, se deben realizar controles frecuentes de la misma en la mujer.
La anestesia general, que provoca una ausencia pasajera de la consciencia, no se utiliza a menos que sea imposible evitarla, debido a que retrasa el funcionamiento del corazón, los pulmones y el cerebro del feto y también de la madre. Se puede emplear para cesáreas de urgencia, porque es el modo más rápido de anestesiar a la madre.
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Alumbramiento

El alumbramiento es el paso del feto y la expulsión de la placenta (después del nacimiento) desde el útero al exterior.

Cuando una mujer está a punto de dar a luz en un hospital, es posible que sea trasladada desde la habitación donde se ha iniciado el parto a la de alumbramiento, un cuarto pequeño que sólo se utiliza para este fin, o bien puede permanecer en la habitación anterior, aunque manteniendo el catéter intravenoso colocado. Por lo general, es preferible que el padre u otras personas cercanas a la futura madre la acompañen.

En la sala de alumbramiento, se coloca a la madre en una posición semierguida, entre recostada y sentada. Su espalda puede descansar sobre almohadas u otros elementos. La posición semierguida hace buen uso de la gravedad, la presión hacia abajo que ejerce el feto favorece que el canal del parto y el perineo (el área entre la vagina y el ano) se estiren gradualmente y, por tanto, se reduzca el riesgo de desgarro. Esta posición también alivia la tensión sobre la espalda y la pelvis. Algunas mujeres prefieren dar a luz recostadas; no obstante, el parto en esta posición puede llevar más tiempo y es posible que requiera asistencia. Por lo general, se han observado menos anomalías en la frecuencia cardíaca de los recién nacidos cuyas madres estaban colocadas en posición semierguida que en los de aquellas que se encontraban totalmente recostadas.

A medida que avanza el alumbramiento, se examina la vagina para determinar la posición de la cabeza del feto. Se le pide a la madre que haga fuerza hacia abajo y empuje con cada contracción para ayudar a desplazar la cabeza del feto por la pelvis y así dilatar la apertura de la vagina para que aparezca una porción cada vez mayor de la cabeza. Cuando se ven entre 4 o 5 centímetros de cabeza, el médico o la comadrona coloca una mano sobre la cabeza del feto durante una contracción para controlar y, si fuese necesario, frenar un poco su progresión. Se hace pasar lentamente la cabeza y el mentón por la apertura vaginal para evitar que los tejidos de la madre se desgarren. Estas maniobras facilitan el alumbramiento.

Los fórceps (elemento metálico, similar a unos alicates, con puntas redondeadas que se colocan alrededor de la cabeza del bebé) permiten sacarlo con menos riesgo de lesiones para él o para la madre. Rara vez se recurre a los fórceps en circunstancias normales; sólo cuando la madre es incapaz de empujar porque ha recibido una inyección epidural, cuando le cuesta hacerlo debido a que el parto no se está desarrollando bien o cuando existe sufrimiento fetal.

Si la dilatación de la abertura vaginal no permite que el niño emerja y hay posibilidad de desgarro, se realiza una episiotomía (una incisión en el perineo y en la pared vaginal). Este procedimiento tiene la finalidad de facilitar el parto y evitar un desgarro, que es una rotura irregular más difícil de reparar que el breve corte en línea recta de la incisión. Se utiliza un anestésico local para insensibilizar la zona. A pesar de que el esfínter que mantiene el ano cerrado (esfínter rectal) puede resultar lesionado cuando se realiza la episiotomía o se desgarra durante el alumbramiento, generalmente se cura sin problemas y se repara de inmediato.

Una vez que aparece la cabeza del bebé, el cuerpo rota de lado para que los hombros puedan salir con facilidad, uno tras otro. El resto suele salir con rapidez. En seguida se aspiran el moco y el líquido de la nariz, boca y garganta del recién nacido. Se colocan pinzas en dos puntos del cordón umbilical y se corta por el medio para evitar que ninguno de los dos extremos sangre. Luego se envuelve al recién nacido en una sábana ligera y se coloca sobre el abdomen de la madre o en una cuna calentita.

Una vez que ha nacido el bebé, el médico o la comadrona palpan suavemente con la mano el abdomen de la madre para asegurarse de que el útero sigue teniendo contracciones. Durante la primera o segunda contracción después del nacimiento, la placenta suele desprenderse del útero y casi de inmediato aparece una emisión de sangre. Por lo general, la madre puede empujar por sí sola hasta lograr el desprendimiento de la placenta. Si no es capaz de hacerlo y la hemorragia es excesiva, se ejerce una firme presión sobre el abdomen materno, haciendo que la placenta se desprenda del útero y salga. Si la placenta está incompleta, se extraen las partes restantes de forma manual.

En cuanto la placenta ha salido, se administra oxitocina a la madre y se aplican masajes periódicos sobre el abdomen para favorecer la contracción del útero. Esta contracción (reducción) es fundamental para evitar una posterior hemorragia procedente de la zona uterina de la que se desprendió la placenta.

A continuación, se cose la incisión de la episiotomía y cualquier desgarro en el cuello uterino o la vagina. Seguidamente, se traslada a la madre a la sala de recuperación o permanece en la habitación del parto y si el bebé no necesita más atención médica se deja junto a su madre. Por lo general, la madre, el bebé y el padre permanecen juntos en una zona cálida y tranquila, durante 3 a 4 horas, para que se inicie la formación de sus vínculos. Muchas madres desean comenzar a amamantar al bebé poco después de su nacimiento. Más tarde, el bebé puede ser trasladado al pabellón de recién nacidos del hospital. En muchos hospitales se permite que la madre pueda tener al bebé junto a ella. Los hospitales con habitaciones de parto así lo prefieren. Al estar junto a su madre, el bebé recibe la alimentación en cuanto lo pide y la madre aprende a cuidar de él antes de abandonar el hospital. Si la madre necesita reposo, se puede llevar al recién nacido al pabellón de recién nacidos.

Debido a que la mayoría de las complicaciones, sobre todo las hemorragias, tienen lugar en las primeras 4 horas después del alumbramiento (la cuarta etapa del parto), durante este período permanece en observación la madre.
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www.msd.es/publicaciones/mmerck_hogar/index.html
 
Herpes genital pueden llegar a tener secuelas neurológicas graves
http://www.buscasalud.com/boletin/noticias/
2004_02_09_09_37_48.html
La primoinfección de herpes genital en los primeros momentos de la gestación puede aumentar el riesgo de aborto
El 50% de los neonatos de madres con primoinfección de herpes genital pueden llegar a tener secuelas neurológicas graves.
Preeclampsia
http://www.monografias.com/trabajos14/
preeclampsia/preeclampsia.shtml
1. Introducción /2. Fisiología del embarazo
3. Cambios fisiológicos maternos durante el embarazo /4. Preeclampsia /5. Referencias.



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ROBERTO ATTIAS
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